domingo, 13 de agosto de 2023

Dedicatoria a las cosas que viven dentro de mí

A la jauría de perros salvajes que viven en mi pecho 
y que aúllan por las noches
mientras intento conciliar el sueño.

Al martillo neumático que repiquetea contra las costillas 
pum-pum, pum-pum, pum-pum 
¿quién lo puso en marcha? 
yo desde luego no.

A los trozos de cada persona que he conocido 
y que guardo en botes con formol 
colocados en las vitrinas de mi cabeza; 
hay días que recorro las galerías
como un turista de mi pasado 
caras, manos, trozos de piel 
miradas, despedidas, besos, insultos 
(a veces no puedo evitar la tentación
y me invento al resto la persona
a partir de lo único que conozco:
un pequeño fragmento irregular parduzco).

A la alarma que lleva sonando
treinta y siete años aquí dentro:
es Pedro diciendo que viene el lobo 
una y otra vez, una y otra vez; 
hay veces que no le presto atención 
como si fuera el ruido del tráfico 
pero otras veces no puedo evitar escucharla 
y tiemblo de miedo
mientras acaricio al lobo que descansa en mi regazo.

sábado, 18 de febrero de 2023

Seguir siendo

A veces eres el último dinosaurio vivo sobre la faz de la Tierra 
Esperando la extinción 
Pensando que 
Mereció la pena 
Haber visto el meteorito. 

A veces eres un detective alcohólico que patrulla las calles por la noche 
Y sonríes tras dar un trago a la petaca 
Sientes que se acerca la gran revelación 
Crees que vas detrás de la pista adecuada 
Pero hace años que nadie te encarga un caso. 

A veces eres un fantasma en una casa encantada 
Volviendo una y otra vez a hacer lo mismo 
Lo mismo que hacías cuando estabas vivo 
El microondas calienta una taza a las 7 de la mañana 
La tele se enciende sola  
Los libros se abren y se cierran 
Cosas así 
Es la única explicación para un poltergeist tan aburrido. 

A veces eres un hombre en una cinta 
O un hámster en una rueda 
Tanto da 
En cualquier caso estás corriendo 
Corriendo sin parar. 
Y aunque al final no llegarás a ningún sitio 
Serás diferente a la persona que empezó a correr: 
En eso consiste la vida.

lunes, 13 de febrero de 2023

Un juego

Alguien dice que es un juego
Y al darnos cuenta
En ese preciso instante
Deja de ser un juego.

Es el principio de incertidumbre del juego
No puede ser un juego si los participantes saben que es un juego.

Porque entonces
Al saber que es un juego
Dejas de jugar.

El juego requiere naturalidad
Inconsciencia
Ligereza
Y ser consciente de que uno debe ser ligero
Lo vuelve pesado.

Como cuando te dicen que no te preocupes
Y entonces piensas
¿Debería estar preocupado?
Y acto seguido
Pasas a estarlo.

No hay solución satisfactoria
Ser y pensar no se llevan bien
Crees que eres lo que piensas
Pero no
No eres lo que piensas
Eres lo que haces.

Estuve mucho tiempo tirado en el sofá
Tirado en la cama
Tirado en el suelo
Tirado pensando
Pensando en escribir.

Hasta que no me puse a escribir
Todo ese tiempo que pasé tirado
No fui un escritor
Solo fui un cadáver
Con los ojos repletos de sueños.

martes, 10 de enero de 2023

Huella

Ojalá no dejar nunca huella
en nadie, en nada.

Ojalá ser un grito en un sueño,
una caricia a un animal muerto,
un relámpago en la imaginación,
un pedo en una habitación acolchada,
una cuenta sin seguidores,
una gota de agua en el oceano,
una calavera más en el osario,
un aborto desapercibido,
un poema que nunca será leído.

Ojalá caminar de puntillas
en la cara oscura de la luna,
cerrar los ojos
sin quitarse el antifaz,
jugar al ajedrez
contra sí mismo,
apostarlo todo a la nada,
no decir nada en el lecho de muerte,
irse del bar 
y que nadie te eche en falta.

Ojalá no dejar nunca huella,
que nadie jamás piense en mí
y que algún día en el futuro
frunzas el ceño
dudando si acaso
fui
real

lunes, 15 de marzo de 2021

Tribulaciones ontológicas de una mente biológica en un futuro post-transhumanista

Que todos los días sean así, por toda la eternidad; esa es la idea que zumba en mi cabeza mientras contemplo tumbado los detalles del techo de la habitación. A pesar de la imprecisión de los pensamientos, hay algunas frases garabateadas, un croquis verbal, que logro articular: ¿Cómo podré soportar el aburrimiento? ¿Soy un desagradecido? ¿Para qué? 

Parece que todas son preguntas.

Mis padres hacen bip-bip y hablan en binario en la cocina. Sus modelos son de los primeros que se comercializaron y para poder comprender lo que dicen tendría que encender el traductor, pero no me apetece aguantar sus sermones. Ignoro sus cuerpos metálicos que giran sus «ojos» hacia mí, cojo una barrita energética del armario y salgo antes de que me puedan detener.

Los reporteros me esperan a la salida del edificio. No logran captar nada, llevo el velo puesto para que no me reconozcan. Me escabullo lejos de los centros de recarga de baterías, evitando los lugares propicios a las aglomeraciones, como los locales de virus. Son la alternativa cibernética a los bares de toda la vida, donde las latas pueden poner en riesgo la integridad de su código por un módico precio. De forma controlada, claro. Supongo que es lo más parecido a drogarse siendo una consciencia inmortal. 

Llego al río, que fluye ajeno a la civilización que lo rodea. Recorro el paseo abandonado, en el que sobreviven algunos árboles y bancos vacíos. Desconecto la conexión a internet de mi cerebro. Aprovecho la calma del lugar para comer la barrita energética mientras paseo en soledad. ¿Es esta mi última comida?

Miro la marca de la barrita, letras rojas que destellan en el papel brillante que sostengo, ya vacío, entre los dedos. Me siento en un banco a un lado del puente y agacho la cabeza. Suspiro. Me pesan las ideas. 

No debería haber motivos para dudar. La transferencia de conciencia es una práctica totalmente aceptada y extendida. (Joder, y tanto, si yo soy el último que queda.) Por fin la humanidad se ha librado del yugo de la carne, este ser en constante desgaste que supone estar encerrado en un cuerpo biológico. 
No debería ser una cuestión de miedo. Los testimonios de los transferidos son unánimes: siguen siendo ellos mismos. (Si es que eso es posible. Si es que me puedo fiar de sus testimonios. Si es que sabemos qué coño quiere decir ser uno mismo.) 
Los cuerpos biológicos son eliminados en el proceso; es imposible saber qué opinan sobre si ellos también se consideran ellos mismos. No es un crimen, es una cuestión legal. La clonación nunca fue aceptada por la sociedad. No puede haber dos copias idénticas de una persona. Así que si uno pasa a ser un ser eterno, hecho de electricidad y de unos y ceros, tiene que dejar de ser un cuerpo biológico, tiene que dejar de comer y cagar, tiene que olvidarse de llorar si se pone triste, decir adiós al impulso sexual: no más secreciones, no más absorciones. Puede parecer algo negativo, pero no es tan así porque también uno tiene que olvidarse de la fragilidad de la biología, de las enfermedades: todos los microbios que nos azotan, las mutaciones en genes que hacen tic-tac, como una bomba de relojería esperando a explotar. En definitiva, tiene que decir adiós a la muerte. 

Y también: adiós a la vida. 

Adiós al sabor de las fresas con nata, adiós al olor del perfume de las flores, adiós al tacto de la piel de otro ser humano. 

Adiós a envejecer, a notar que el tiempo se escapa entre los dedos, no siempre utilizado en actividades provechosas. Si es que hay alguna actividad realmente provechosa. Adiós a mirarse un día en el espejo y sorprenderse por las canas, que de algún modo sigiloso han ido sustituyendo a los pelos nativos. Adiós a las arrugas, a la cara: no más expresiones faciales. Uno siempre puede recordar lo que es una sonrisa, no hace falta practicarla. 

Otro esbozo se traza borroso en mi mente. ¿Qué soy yo? ¿Soy yo, ahora, pensando qué soy yo? ¿No se preguntó esto algún filósofo sesudo hace una pila de años? Podría conectarme y buscarlo en internet pero hoy no tengo ganas de dejar mi huella en el ciberespacio. Si yo no soy mi cuerpo, si no soy más que la consciencia, como parece que ahora es dogma, entonces la existencia biológica es monstruosa. Soy una consciencia atrapada en un ser que necesita alimentarse de su entorno todos los días, soy un pensamiento dependiente de renovar constantemente sus células para sobrevivir. Mi cuerpo de una forma imparable, como si fuera algo ajeno a mí, consume su entorno y emite los desechos de ese intercambio entrópico, una y otra vez. Mi cuerpo es, en potencia, todo el universo, y en acto, es una aspiradora con fugas. Pero.
Pero…
Pero…
Pero, ¿y si no es así?

Si no soy solo pura consciencia, si no tiene sentido preservarla, si en realidad la consciencia no es más que una ilusión que crean las neuronas para contarnos a nosotros mismos una historia, la película de nuestra vida, un bonito relato hecho a base de fotogramas mentales; un film de un solo pase con un solo espectador y en el que todas las localidades están ocupadas. 

Si eso no es así, mis padres murieron hace unos años y las máquinas que los replican en mi casa no son más ellos que una fotografía en tres dimensiones o un archivo de vídeo.

Si eso no es así, yo soy el último humano y hoy es el día en que tengo programado mi suicidio. 

Si eso no es así…

O al revés. Sea como sea, sea lo que sea, una cosa es cierta. Antes de que existiera la transferencia de consciencia, todas las personas morían. Todas. Todas. Todas. Millones de personas abonan el planeta. Quién sabe cuántos átomos de sus antiguos cuerpos forman parte ahora de mis células. 

Si todas ellas murieron, ¿por qué nosotras merecemos la inmortalidad? ¿Porque nacimos en el momento adecuado? Nos hemos arrogado el derecho a decidir que tendremos la última palabra. Hemos dicho: hasta aquí. No va a haber nuevos seres humanos nunca más. Esto es el final. Los transferidos, son todos los que quedan: todos los que hay, todos los que habrá. Es el fin de la Historia. 

Por algún motivo, todo esto me enfada. Mucho. 

Así que no. 
No.
No lo haré.
Vendrán a por mí. 
Lo sé. 
Dirán que dónde me he metido, que si han esperado por mí durante horas en la clínica. 
Que si los reporteros. 
Que si estuvieron mandándome mensajes sin parar por el chat.
Que si pum que si pam. 
Ni de coña.
He tomado una decisión.
Si este es el último día de mi vida (al menos, desde un punto de vista biológico), yo seré quien decida. 
Lo haré a la antigua usanza. 
Un puente. 
Un río. 
Que va a dar en la mar.

sábado, 30 de enero de 2021

Cuando lleguen los extraterrestres

Cuando lleguen los extraterrestres, yo ya no estaré aquí. 

Cuando desciendan de sus naves espaciales y contemplen a través de su apéndice sensorial el paisaje desolado (y, aunque el planeta en ese momento no sea más que una gigantesca ruina, ellos lo vean como un hallazgo extraordinario y embotellen cucarachas con reverencia), yo ya no estaré aquí. 

Cuando reparen en los restos de lo que algún día fue una gran ciudad, yo ya no estaré aquí.

Cuando vean los edificios en ruinas bañados por la lluvia, el mar lamiendo los rascacielos con suaves olas, la catástrofe ya pasada, yo ya no estaré aquí.

Cuando desplieguen sus equipos de excavación, imposibles de entender para nuestra anatomía, pero adecuados y pensados para sus cuerpos, y empiecen a buscar más allá de la superficie, yo ya no estaré aquí. 

Cuando saquen los primeros huesos y se estrujen la cabeza intentando comprenderlos (las cucarachas no tienen huesos, los extraterrestres no tienen huesos), yo ya no estaré aquí. 

Cuando encuentren mi esqueleto y lo metan en una de sus naves espaciales, yo ya no estaré aquí.

Cuando se lleven mis huesos junto con los demás a su planeta de origen y allí por fin los comprendan, y finalmente los cataloguen, yo ya no estaré aquí. 

Cuando pongan mi esqueleto en una máquina y, no sé cómo, logren reconstruir el resto del cuerpo, usando el esqueleto como un mero andamio, como si el tiempo echase marcha atrás, y retornen lentamente los músculos, los nervios, la vasculatura, las vísceras o el encéfalo, yo ya no estaré aquí. 

Cuando mis ojos se abran de nuevo, yo ya no estaré aquí. 

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Viejos amigos

Tenía cinco años la primera vez que la vi. Era un día soleado. Iba caminando de la mano de mi madre, pero al verla a lo lejos me detuve, la señalé y le pregunté a mi madre que quién era esa señora. Mi madre se limitó a decirme que señalar a la gente era de mala educación. 

Esa es la metáfora. En realidad no recuerdo la edad exacta que tenía cuando la vi por primera vez. Tampoco es verdad que la viera por la calle. La verdad es que la vi dentro de mi cabeza, aunque no del todo definida, era más bien un atisbo, una sombra, que una imagen clara. 

Pero lo que sí es verdad es que era un día soleado y que iba por la calle con mi madre. Y, aunque no la señalé, sí que le pregunté por ella.

—¿Qué ocurre cuando se muere? —No estoy seguro de si estas fueron mis palabras exactas, quizás (probablemente) fueron mucho más torpes. 

Mi madre se limitó a ser sincera. Me dijo que al morir uno deja de vivir, que ya no se está más. O al menos eso es lo que recuerdo: una confirmación de mis más temidas sospechas. 

La figura se giró y me saludó con la mano, antes de desaparecer calle abajo. 

Así es cómo pasé de intuir a duras penas su presencia a verla en todo su esplendor terrorífico. 

Me olvidé de ella un tiempo. Me dediqué a los quehaceres cotidianos, a los juegos, a vivir el momento concreto en el que estaba. Pero una noche, antes de que pudiera conciliar el sueño, ella volvió. Se apoyaba en el quicio de la puerta, su silueta recortada contra la luz que venía del fondo del pasillo donde mis padres veían la televisión. Es entonces cuando recordé la respuesta de mi madre y tuve miedo de cerrar los ojos y no poder volver a abrirlos. 

En esta tesitura hice lo que cualquier niño educado en la fe cristiana hubiera hecho en mi situación: rezar. Recé, paralizado de terror, mientras ella me miraba en silencio. Y le pedí a Dios que, por favor, cuando llegara el momento, me enterase de todo. Quería estar consciente. Sentirlo todo. El dolor, da igual. No quería dejar de ser. 

Ella sonreía mientras yo lloraba, podía sentirlo a pesar de la sombra que le cubría la cara. 

Me acabé durmiendo de puro agotamiento. 

En ese momento no lo sabía, pero la verdad es que en aquellos momentos no rezaba a Dios. En realidad era a ella a quien iba dirigida mi plegaria. 

Las cosas después no fueron a mejor. Mi adolescencia consistió en dos manos enormes que metieron sus dedos enguantados en el agujerito que ella me había hecho en el pecho para luego tirar de los bordes en direcciones opuestas. 

Y el agujero se convirtió en un abismo. 

Sobreviví aferrado a la rutina como un náufrago agarrado a una tabla a la deriva. Eso me permitió superar los días, pero la noches eran otra cosa. Ella venía a visitarme a diario y ya no se limitaba a saludar de lejos o a mirarme desde el pasillo. Entraba a mi cuarto y se metía conmigo en la cama. Me abrazaba mientras yo me limitaba a temblar y a llorar. Su aliento apestaba. 

En esa época confundí la desesperación que sentía con amor no correspondido. Y esa desesperación que yo llamaba desamor fue la que, paradójicamente, me ayudó a encontrar mi primer gran amor.

El alcohol. 

Las borracheras pasaron a ser las olas que me arrastraban de un lado para otro mientras yo seguía agarrado a mi tabla. 

En el vaivén de las olas me acostumbré a su presencia y ella, poco a poco, dejó de visitarme. 

Una mañana desperté en una playa a la que la marea me había arrastrado. Escupí agua de mar sobre la arena y me puse de pie para contemplar los alrededores. Había sobrevivido al naufragio. Habían pasado años, pero lo había conseguido. Me puse en camino, eso sí, sin atreverme a soltar mi tabla de salvación. Ahora era un adulto. Un puto adulto. 

Llegado este momento tengo que hablar brevemente de mi amor. 

La primera vez que vi a mi amor estaba siendo revolcado por el oleaje. Así que no fue hasta el instante en que pisé tierra firme que me atreví a invitarla a tomar algo. 

Ella se pidió un destornillador. 

Le pregunté si aquello era una cita. Yo deseé que así fuera. Ella también. Por tanto, fue una cita, nuestra primera cita. 

Eso fue hace once años. Y desde entonces no he tenido muchas noticias de mi antigua visitante nocturna. 

Hay quien la llama muerte y hay quien la llama depresión. Yo nunca he sabido su verdadero nombre y ella nunca me lo dijo cuando me echaba el aliento en la cara. Desearía no volver a verla nunca más, pero sé que este afán es algo pueril: nuestros caminos volverán a cruzarse. Eso sí, la próxima vez que nos encontremos ya no tendré miedo. Ya no. He sobrevivido a un naufragio. 

La próxima vez la saludaré como se saludan los viejos amigos. 

martes, 12 de mayo de 2020

El crujido

El crujido
no siempre avisa peligro.
A veces es lo contrario;
rendija, salida, escapatoria
o esperanza.
En mi barrio de pavimento
resquebrajado
la hierba brota indomable
las flores emergen imparables;
son reconquista de lo arrebatado.
En mi barrio de casas decrépitas
de vida aparentemente agotada
de tiempos mejores que nunca volverán
se escucha todos los días
el crujido
y parece preludio del derrumbe,
pero es augurio de primavera.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Muera España

Rojo y amarillo combinados en una proporción precisa, decidida, oficial.  Cuanto más sopla el viento,  más se estira ella, agarrada al mástil, más ondea al estilo de las olas que lamen las costas de todo el planeta. Para que funcione es preciso el dinamismo del aire, la agitación de la bruma, que se mueva con vehemencia aquello que no se puede ver. Es algo proporcional: funciona bien con una pequeña brisa, pero funciona mucho mejor con un ciclón de categoría 5. 
Sus raíces son aparentemente profundas, o al menos deben serlo, ya que el palo que la sostiene debería aguantar los embates de las rachas de viento. Sin embargo esa no es su única característica. También debe poder ser transportable, puesto que nunca se sabe en qué tierras extrañas habrá que clavarla para reafirmarse, para convertir lo desconocido en algo un poco menos terrorífico. Da igual que pises América, Perejil o la Luna. Además, su patrón sencillo, como un cuadro de Rothko, es fácilmente reproducible (para evitar contradicciones es recomendable recortar la etiqueta que reza «Made in China»). Después, como esquejes de un ficus, solo necesitas el sustrato correcto para que se multiplique. Eso sí, si el sustrato no es el adecuado no importa mucho porque, como ocurre con todo lo que es manipulable, puedes fertilizar el lugar con un poco de abono antes de proceder al izado. No hace falta ser muy cuidadoso con el tipo de abono, prácticamente cualquier tipo de hez sirve para preparar el terreno.
Ella es una especie de portal entre el mundo de los conceptos y el mundo real. Igual que una cruz representa al dios cristiano, el concepto que ella representa no es algo tangible. Un símbolo bajo el que es fácil ceder. Quién necesita pensar cuando puede dejarse llevar por semejante combinación cromática. Identifícate con ella, dicen sus súbditos. Bésala, te dicen. Pero para qué besar una tela que no tiene labios, que no late ni respira. Y lo que quizás es más embarazoso: ¿dónde hacerlo?
Los fieles no necesitan preguntarse nada. Como cualquier religión que te represente, te facilita mucho la vida. Elimina toda reflexión. Es más fácil aceptar una consigna del bando que te corresponde sin cuestionarla. Repite el chiste que viste en Twitter contra los que defienden otra tela pigmentada diferente. Sois un poco diferentes, de acuerdo. Quizás por el idioma y por algunas fiestas tradicionales. Pero no te engañes. En realidad sois tan parecidos. Todos estáis atados a un símbolo que ondea al viento. Os habéis convertido en mástiles. Seres inertes cuyo única razón de ser es sostener una representación abstracta que se amolda a cualquiera que se menosprecie. Talla única. Unisex. Una cosa que funciona mejor cuanto más fuertes sean las ventoleras. Mirad, mirad qué bien funciona ahora. Mientras alguien grita «viva España», otros esperan que se muera. Y yo sonrío con amargura. Porque sé que una nación no existe más que como delirio colectivo.
Las coloridas banderas ondean con fuerza. Yo salgo a la calle con la idea de aprovechar el huracán para sacar mi cometa gris. Nunca se sabe cuándo volverá otra oportunidad como esta para echarla a volar. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Fénix

Volver a nacer.
El líquido amniótico, los aprietos; y después el frío, las luces cegadoras, el olor a quirófano.
Volver a respirar por primera vez.
Volver a llorar (a fin de cuentas, es lo mismo).
Quejarse de lo incómodo.
El cordón umbilical. La placenta. El meconio. Las cosas que vas a dejar detrás.
Acostumbrarse a lo incómodo.
Alimento.
Calor.
Sueño.
Los seres vivos nacen.
A veces crecen.
A veces se reproducen.
Pero siempre, siempre, mueren.
En algún momento impreciso del futuro lo entenderás.
Quizás será cuando tu mascota se vaya de viaje a un sitio mejor.
O cuando le toque a tu abuelo.
Y entonces querrás volver atrás.
Volver.
Entonces querrás recuperar todo lo que has dejado atrás.
El cordón umbilical. La placenta. El meconio.
Tu mascota.
Tu abuelo.
Volver.
Querrás volver a nacer.
Pero no podrás.
Y seguirás viviendo.
Porque es lo que mejor se te da.
Porque es lo único que puedes hacer.
Seguir respirando.
Seguir llorando (a fin de cuentas, es lo mismo).
Y un día en que estés especialmente sensible.
Puede que porque hayas dormido mal.
Un día en que la mirada cansada del espejo te devuelva 30 años de golpe.
Volverás a querer volver a nacer.
Pero te conformarás con coger un viejo blog.
Un blog que parecía haberse ido de viaje a un sitio mejor.
Y escribirás algo que te saldrá muy de dentro.
Algo que parezca un poema pero que al final no sabrás muy bien qué es.
Una mierda pretenciosa.
Pondrás un título tentativo.
Luego lo cambiarás por: Fénix.
El primer verso será fácil.
Dirá: Volver a nacer.
Y aunque en realidad sea una tontería.
Y no sirva para mucho.
Cuando acabes te sentirás un poco mejor.
O eso espero.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Lepisma saccharina

Es dura la vida en la rendija. Pero a fin de cuentas es la única vida que conozco: la nocturnidad y las pequeñas razias, a veces sin destino, pisando las frías baldosas del baño. El hacerse uno con el encolado cuando se es sorprendido por la dolorosa luz de los halógenos, como un camaleón. Esperando el momento propicio para escabullirse, para colarse por debajo del mueble del fregadero y escapar. A dónde no sé. A dónde no importa. No soy de respuestas. Soy más de instintos: la evolución pasó a mi lado y me dejó atrás. Se olvidó de mí. Pero yo no me he olvidado de sobrevivir. He hecho mi hogar en los lugares húmedos y en las tinieblas, en las cañerías oxidadas que no veis. En ese lugar al margen de la sociedad, donde he podido seguir a mis anchas. Quizás porque me conformo con poco: lo que os sobre me servirá. Los restos que dejáis de vuestros cuerpos en el suelo. Caspa. Pelos. Dejadme vuestras fotos antiguas. De esas impresas. Los libros que ya no leéis y se acumulan en vuestras estanterías. Servídmelos en una bandeja de plata, como mi piel. En sacrificio a lo que debería ser Dios, y que yo puedo reemplazar. No os hace falta hoguera de San Juan, me tenéis a mí.
Salgo así de mi escondite en busca de aquello que hayáis olvidado. Otra noche detrás de un pequeño bocado de vuestro pasado. Son las 3 de la madrugada. No es que en realidad sepa qué hora es pero lo digo porque es un dato que seguramente vosotros entenderéis. Recorro el borde de la bañera. No me gusta separarme. Manías adquiridas, así es el cuento de todas las excursiones. Mi cuerpo de lágrima se desliza por los azulejos. Mi objetivo: sobrevivir. ¿Para qué? No lo sé. Pero nunca me lo he preguntado. Quizás esa es la clave: no preguntar. Al final puede que tengáis cosas que aprender de los pececillos de plata, vosotros, seres supuestamente superiores. Por el camino degusto pequeñas partículas que voy encontrándome por el camino. Algunas fueron parte de tu cuerpo, de tu piel. Ahora son parte del mío. El ciclo de la vida. La entropía. Cosas en las que vosotros pensáis y que yo simplemente experimento. Comer. Producir espermatóforos. Seguir adelante con la vida. De eso va este juego. Confiado en mi soledad, me alejo del borde de la bañera. De pronto, todo estalla. Idiota. Los halógenos. La puerta se abre bruscamente. No. No deberías estar aquí. Sorprendido, hago lo que mejor sé hacer. No molestar. Me camuflo con un movimiento rápido en la rendija entre los baldosas. Y espero. Es dura la vida en la rendija. Pero es la única que conozco. No sé cómo funciona mi cabeza, pero al poco tiempo algo me dice que ya puedo huir. Hacia la bañera. Rumbo a la sombra. Lejos del embaldosado. Furtivo, emprendo mi huida desesperada. Corro. Yo no sé nada de ti. No sé que igual tomaste alguna cerveza de más la noche pasada. Y que por eso ahora, de madrugada, te meas. No sé que lo más inteligente es esperar y que así no llamaré tu atención. No sé lo que significa «inteligente». Tampoco es que me importe. Da igual, porque te percatas de mi presencia y ya es demasiado tarde para alcanzar la salvación, es demasiado tarde para escapar, para intentar seguir con el plan (¿qué plan?), y todo acaba cuando una pantufla polvorienta desciende sobre mí.

Epílogo.
Justo antes de morir me digo: la próxima vez será distinto.
No te rías de mí: yo no sabía que habría un después de la vida. Yo no sabía que después no habría nada más. Yo qué iba a saber. 

martes, 15 de marzo de 2016

DNI

Llevo tu foto en mi cartera. Como si fuera una estampita. Como si tú fueras una virgen. 
No la suelo sacar a relucir. Me conformo con saber que está ahí. Por si acaso. 
Es lo más parecido a llevar una pistola cargada. 
Siempre lista para ser disparada. 
Porque sé que si algo se rompe. Si da la mala suerte de que algo importante se jode. 
Sé que puedo recurrir a tu foto de carnet. 
Puedo sacarla de su guarida. 
Contemplarla. Buscando consuelo.
O quizás simplemente por conmiseración propia. Para poder decir: pobrecito de mí.
Es más fácil invocar un recuerdo que crear uno nuevo. 
Y ser Narciso frente a su reflejo. Dispuesto a consumirme contemplándote. 
Contemplando la misma imagen que la policía tiene de ti. 
La foto que abriría todos los telediarios si te convirtieras en terrorista suicida. 
La foto que llevo siempre conmigo. 
Como si fuera una bomba de relojería, haciendo tic-tac en mi bolsillo. 
Esperando el momento para explotar. 

martes, 23 de febrero de 2016

Arbeit macht frei

Los seres humanos no tienen tiempo de mirar al cielo. Su trabajo es aquí y ahora, en la tierra. A ella dedican sus esfuerzos, aquí pasan un día tras otro en aquello que llaman «rutina». Es a ellos a quienes pertenece este momento, la satisfacción de ver cómo el esfuerzo diario opera una transformación en el entorno. Cogen sus herramientas de trabajo y se afanan en utilizarlas. Cada uno se esmera en su oficio, cada uno opera en su pequeña parcela, dentro de este inmenso campo que nos ha sido otorgado por azar. El sudor de sus quehaceres riega el terreno sobre el que clavan sus azadas, el terreno en el que hunden sus palas momentos antes de hacer volar sobre sus cabezas aquellos pedazos de suelo que son arrancados. Hombres y mujeres trabajan, jornada tras jornada, palada tras palada, hasta que se pone el sol y el frío se clava en los huesos. Entonces acuden a sus hogares, duermen en sus cómodas camas y reponen las fuerzas necesarias para poder seguir en su empeño. Así se levantan y vuelven una y otra vez a repetir la bendita rutina que da sentido a sus vidas. ¿Por qué no hacerlo? Así es como llegan sin darse cuenta a la vejez. Un día acaban despertando, sintiéndose quizás demasiado cansados, preguntándose si es que habrá que cambiar el colchón. En cualquier caso, de igual forma acaban por arrastrar sus músculos desgastados hasta el punto en el que han desarrollado su obra. Vuelven a tomar sus herramientas. Pero están tan agotados que apenas pueden continuar con la tarea. Y se rinden. Quizás lloran de desesperanza. Al poco miran con un cansancio eterno al suelo, a su suelo. Y entonces su gesto se vuelve alegre, sus facciones arrugadas sonríen. Los cuerpos fatigados se sienten agradecidos. Y se dejan caer felices. Al parecer alguien se ha tomado la molestia de cavar un enorme agujero en el que descansar. 

domingo, 13 de diciembre de 2015

Visita al cementerio

He estado visitando blogs abandonados como quien visita cementerios. 
He leído las últimas entradas, relucientes como luces de neón sobre la puerta del blog polvoriento, como unos enormes puntos suspensivos que esperan de forma indefinida que alguien siga escribiendo. Pocos son los que acaban con una despedida. Pocos se atreven. La mayor parte se quedan en la frase a medio pronunciar. 
Y ahí están, esperando por toda la eternidad a que los respectivos autores vuelvan a mancillarse las manos en ellos. Esperando a ser continuados.
Estatuas ecuestres cabalgando inmóviles en la noche de los tiempos. 
Lo más terrible de todo es que cuando esas entradas fueron escritas, nadie sabía que serían las últimas. 
El coitus interruptus. El croquis arrugado que descansa en la papelera. 
Su muerte será como la nuestra. Inesperada. Y con el tiempo acabarán como todos nosotros. Olvidados. 
He visitado cementerios y he leído sus lápidas. Sé que llegará el día en que nadie sepa quiénes son las personas que están ahí enterradas. 
Llegará el día en que un antropólogo las desentierre y las mire como objetos de estudio. 
Pero el antropólogo no sabrá nada de las últimas líneas, inacabadas, de las vidas de esos esqueletos. 
Los cráneos vacíos y los servidores de Internet llenos. 
Esperando que alguien escriba una nueva entrada. 
Y yo he sentido en parte el sacrilegio de entrar en esos sitios desolados. He visto la fecha de la última entrada sobre la lápida: 29 de agosto de 2005. He pasado los dedos por las superficies cubiertas de polvo, musgo y telarañas. Debajo de la mugre he encontrado los últimos comentarios, spam sin relación alguna con el contenido. Free hardcore XXX porn. Click here to enlarge your penis. Los he observado como quien contempla grafitis sobre las ruinas de una civilización extinguida. Con tristeza he recorrido las enormes estancias vacías, a medio decorar, escuchando únicamente el eco de mis pasos. 
Después me he dado cuenta. Al ver el espejo al final del pasillo. Al descubrir mi firma estampada en cada uno de aquellos rincones.  
Mis huellas dactilares estaban por todas partes. 
No me había reconocido a mí mismo. Ni siquiera me acordaba de haberlo escrito. 
Horrorizado, mi primer impulso fue derruirlo todo: poner cargas explosivas en los pilares del edificio para que nadie más pudiera contemplar al hijo deforme que había dejado a su suerte. 
Estaba a punto de apretar el detonador. 
Pero me detuve justo a tiempo.
Porque entendí que los pilares de aquellos blogs muertos en realidad estaban en mi pecho. 
Así que decidí dejarlos de nuevo, decidí volver a olvidarlos. Me alejé de ellos. Me adentré en mi casa actual, llena de vida. Me hice un café humeante mientras las gatas dormían. Me puse a escribir en mi blog actual. Titulé la entrada: Visita al cementerio. 
Al publicarla tuve un escalofrío. 
¿Y si esto es lo último que queda de mí?

sábado, 5 de diciembre de 2015

Mensaje en una botella

Ahora mismo estás leyéndome la mente. La escritura es la forma más primitiva de telepatía, pero no por ello deja de ser efectiva. Tú, que estás en otro sitio y en otro momento temporal, eres capaz de escuchar en tu cabeza estas palabras que estoy pensando y plasmando una tarde, mucho antes de que siquiera sepas que este texto existe. Es un método sencillo que ha permitido que los seres humanos hayamos ido acumulando a lo largo de la Historia el conocimiento de millones de personas que han ido pasando por el mundo antes que nosotros. Todos ellos han muerto, pero sus mensajes perduran en los legajos de las bibliotecas, esperando que alguien abra algún que otro tomo polvoriento y entonces se produzca la conexión mágica. Como un disparo a ciegas, las balas de nuestros antepasados esperan que nosotros nos pongamos en su trayectoria para que nos dejen una buena marca. Porque apuntando así, hacia el futuro, es la única forma de escribir. Apuntando y disparando, pero sin saber a quién. Lanzando fogonazos en espera de que alguien (ya sea en un rato, mañana o dentro de un siglo) quede deslumbrado ante el mensaje. 
Visto así, la literatura universal no dejaría de ser una especie de océano en el que flotan millares de mensajes embotellados con la esperanza de que alguien en algún momento se tome la molestia de leerlos. Uno puede decir que es una forma de telepatía un tanto precaria por lo unidireccional de la misma. Porque no hay posibilidad de respuesta. Nadie se para en medio de una página de una novela y le pregunta al autor por qué ese personaje no ha hecho tal cosa o la otra. Porque si así fuera tú ahora podrías interrumpirme y obligarme a explicar, por ejemplo, a qué viene que esté divagando sobre este tema. O puede que quieras que te cuente otra cosa, una historia distinta, un cuento, y yo entonces cambiaría de tema. En ese caso cambiaría de tema en mitad del texto y comenzaría otro párrafo con algo así:
Érase una vez...
Pero incluso si pudieras interrumpirme, si pudieras cambiar lo que yo escribo mientras tú lees; si pudieras cambiar las tornas y decidir quién es en esta relación el sujeto pasivo, quién folla a quién, yo podría negarme a hacerte caso. Podría seguir hablando de cómo lo que somos en gran parte se debe a la transmisión escrita de conocimientos. Sin esa gente que perdió el tiempo en contarnos lo que pensaban o lo que habían descubierto o lo que se habían imaginado, jamás estaríamos viviendo en esta sociedad porque jamás habríamos podido aprender de lo errores de los otros. Estaríamos condenados a repetir nuestras vidas, del mismo modo en el que viven el resto de animales, sin otro progreso más allá de la evolución natural. 
Como ves he decidido seguir escribiendo sobre el mismo tema. Será porque todavía no somos capaces de cambiar este flujo constante, siempre hacia delante; será que tú no puedes cambiar lo que yo escriba. Porque por mucho que lo desees, aunque quieras con todas tus fuerzas que pare de escribir no puedes impedírmelo. Pero por suerte todo tiene solución. 
Siempre puedes parar de leer. 

domingo, 9 de agosto de 2015

Perro semihundido

Tengo un perro llamado Esperanza y, la verdad, hacía mucho tiempo que no lo veía. 

Creo que la última vez fue cuando observé su reflejo en retrovisor, corriendo detrás del coche, como si aquella gasolinera no hubiera sido lo suficientemente buena para él.

O quizás fue cuando le intenté ahogar bajo paladas de tierra, su pelo cobrizo embarrado, su cabeza mirándome como en aquel cuadro de Goya. Y yo en el otro extremo del agujero, arriba, con la pala cargada, palada tras palada, ignorando su quejido silencioso, su mirada incómoda. 

También pudo ser aquella tarde en la que estábamos pasándolo tan bien y yo le tiré un palo para que fuera a buscarlo y, tanto el palo como él, se perdieron entre los árboles y yo gritaba su nombre en vano porque no volvió. No siempre era yo el que acababa abandonando al otro.

Por suerte, al final siempre acaba por volver. Testarudo. Él y yo. Testarudos. Suena el timbre de la puerta, aunque no espero a nadie. Absolutamente a nadie: es mi estado habitual. Abro la puerta y, sobre el felpudo que reza "Welcome", está él. Esperanza. Alguna vez ha vuelto con una carta colgando de la boca. O con una prenda de ropa, algún pequeño gesto que nadie más que él y yo podemos entender. Pero esta vez viene solo. Magullado y malherido, la lengua arrastrando por el suelo. Horrorizado, lo cojo en brazos y lo meto en casa. Le curo las heridas como puedo, le doy agua y comida. Pienso que menuda suerte he tenido, que de esta podría no haber vuelto. Sonrío mientras acaricio su lomo y noto su cuerpo tibio por debajo del pelaje. Pienso que esta vez no dejaré nunca que se vaya de mi lado. 

Quién sabe lo que pensaré mañana. 

lunes, 3 de agosto de 2015

La marea

Es laborioso. Usar la pala y el rastrillo. A veces también las manos. Puñados de arena mojada transportados bajo el sol estival con el simple objetivo de acabar formando parte de esta especie de dique que se erige a pocos centímetros de las olas. La arena se mete entre las uñas y los lengüetazos del sol nos resecan la piel. El trabajo y la marea son un baile constante, por un lado la preparación ante el acontecimiento inevitable y por el otro la parsimonia tediosa de quien sabe que, llegado el momento, con paciencia, acabará por vencer. 
Una pareja pasea por la orilla, los pies lamidos por las olas. Hubo un tiempo en que se creyeron especiales. Hubo un tiempo en que, casi recién besados, retaron a las convenciones sociales y acordaron que no se harían llamar "novios", que si se daba el caso de que alguien les preguntara que qué eran, en lugar del término denostado, responderían: somos imbéciles. Los niños son tenaces en su su trabajo, ignorando al par de jóvenes que circulan a su vera, afanados en mantener a raya el mar, el océano, el tenue efecto de la gravedad de la Luna. A nadie le importa que ellos, finalmente denominados novios, caminen en silencio. A ningún atareado obrero del dique le importa un pepino que el silencio sea tan denso entre los dos cuerpos, que no se pueda desplazar esa masa de vacío bajo el efecto de la brisa marina. Nadie, bajo los destellos del mar, parece fijarse en el tatuaje de Caperucita que lleva ella incrustado en el brazo. Nadie se percata de la curiosa forma de caminar del chico. A los niños lo único que les importa es la ola que se avecina, ahora que sube la marea, la ola que acabará tocando de refilón el borde de la presa, la ola que vendrá poco después, chocando, vertical, con el único objetivo de sobrepasar el dique y arrasar con todo. La ola que siempre acaba por llegar y que, no por esperada, duele menos. Los gritos de rabia se suceden a lo largo del paseo, los novios ausentes del drama externo, preparados para uno más privado. O quizás sin prepararse, porque a veces no sabes que la marea está subiendo y te conformas con tu pequeño dique, tranquilo, disfrutando de la playa y el sol y el salitre. 
El paseo acaba y todo sigue el guión predeterminado, aunque ninguno de los dos se sabe su papel. Los diques borrados por el agua descansan a kilómetros de distancia cuando comienza el acto final. Sinopsis: Caperucita entra en casa de la abuelita buscando al lobo, deseando que el lobo acabe con su sufrimiento, pero el lobo no sabe que él es el lobo y se enamora de la chica, le hace una propuesta que ella puede rechazar y Caperucita, confundida, se deja querer, aunque llega un momento en que se da cuenta de que el lobo no se comporta como tal, de que no devora una mierda, de que parece un triste perro faldero, aunque bien es cierto que, de todos los perros falderos, quizás sea el mejor que ha tenido el gusto de conocer, cosa que Caperucita no estima suficiente, porque ella buscaba un lobo, buscaba libertad, y en realidad se encontró estos tristes grilletes, por lo que la obra finaliza con la ruptura, la separación, las lágrimas y los mocos, porque cuando uno llora mucho moquea, moquea sin parar, y por tanto gasta muchos pañuelos de papel, cuyos fabricantes en parte viven de este tipo de desgracias, y ambos, enfrentados ante un amor tan bonito que merecía un final feliz y que a la postre se lleva este premio de consolación, lloran, pero a pesar de la tristeza se van contentos, porque saben que en realidad ha merecido la pena, saben que al final lo han conseguido. Porque ahora sí que son un par de imbéciles. 

sábado, 27 de junio de 2015

Astronomía matutina

Quisiera estar despierto
al alba todos los días
para ver siempre amanecer.
Pero una cosa son mis sueños
y otra la realidad.
Me despierto cuando debo,
nunca cuando quiero,
las ventanas de mi cueva
no dan al Este,
y nadie a mi alrededor se detiene,
el enjambre no se para
para contemplar
las primeras luces del día.

Quisiera estar despierto
al alba todos los días
para ver siempre amanecer,
pero yo, al igual que el resto,
también me olvido
del cielo abierto,
del sol,
de la luna y las estrellas;
me olvido de todo el firmamento
porque aquí,
en esta ciudad,
no existe el Universo.

miércoles, 10 de junio de 2015

Tareas pendientes

Se nos acumulan las cosas por hacer. Las películas por ver. Las canciones por escuchar. La gente por conocer. Los sitios por visitar. Los juegos por jugar. Los libros por leer. Los libros por escribir.
La ansiedad de las tareas pendientes. La ficción de creer que somos capaces de acabarlo todo. Capaces de llegar a todas las metas. Capaces de llegar al borde del infinito y decir: ¿eso es todo?
Las noches de insomnio pensando en que no nos va a dar tiempo. La vida entendida como una cadena de montaje en la que el producto final nunca llega porque siempre hay algo más que añadirle. 
Nuestra parálisis ante la vida se titula: Tenemos tanto por vivir. 
Hay listas de cosas que hacer bastante sencillas, como por ejemplo: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Pero mejor será que nunca caigas en la trampa: la gente suele empezar por lo de tener un hijo y después ya no consiguen hacer nada más. 
Hay listas, muchas listas. Ninguna es obligatoria. No hay libro que haya que leer. No hay libro que escribir, ni cuadro que pintar, ni canción que componer. No hay vida que haya que vivir. 
Porque si quieres puedes quemar las listas de tareas pendientes. A fin de cuentas tú serás el único testigo, abogado, juez y fiscal. Puedes entonar un incómodo mea culpa delante del espejo, golpeando el puño contra el pecho y recitando que abandonas, que te rindes. Que esto no está hecho para ti. Que a ti te gusta más quedarte tirado en el sofá mirando al techo o a la tele o la nada, tanto da. Que prefieres no hacer nada de provecho mientras te torturas pensando que no estás aprovechando el tiempo: entendiendo el tiempo como algo que hay que exprimir y triturar y machacar y de lo que no se puede dejar escapar ni una mísera gota; el tiempo como dimensión física de la frustración. Que consideras mejor no hacer nada que hacer algo por obligación
Así que cuando pienses que se nos acumulan las cosas por hacer, recuérdalo. No hay nada obligatorio que tengas que hacer. Ni siquiera vivir. A mí me quita un peso de encima.

domingo, 1 de marzo de 2015

Edith

Es importante no olvidar de dónde vienes, quién eras, qué querías. Es importante que no suceda que, un día cualquiera, al echar un vistazo a una foto antigua no te reconozcas a través del espejo espacio-temporal. Que no levantes la mirada hacia el espejo, contrariado, y pases la mano por el cristal reflectante, queriendo acariciarte las nuevas arrugas, las nuevas cicatrices que te han ido deformando con el paso de los años. Es importante que no escondas en el fondo del cajón más recóndito el álbum de fotos en el que sales cuando todavía todo estaba en potencia, cuando todos los futuros posibles eran, en efecto, posibles; no como ahora, atado a lo que poco a poco has ido podando de tu vida. Ahora que eres un tronco mutilado. Es importante que no te arrepientas. Es importante que entiendas por qué has acabado donde estás. Porque es fácil olvidar, ¿fue quizás fruto del azar, decidí irme a esta ciudad porque sí, porque me daba igual, porque no me quedaba más remedio, por una oportunidad que no podía rechazar? Es fácil mirar la foto y no entender qué es lo que ha sucedido entre el momento en que saltó el flash y el presente. ¿Qué fue lo que pasó? Es importante no tener que hacerse nunca esa pregunta. No vaya a ser que nos hayan robado lo de entre medias, que nos hayamos perdido ese fragmento de nuestra vida, como si nos lo hubieran extirpado con precisión y ahora estemos con este enorme hueco en la biografía, este boquete, este agujero negro en medio de nuestras vidas. No vaya a ser que la fotografía actual sea una farsa, una ficción que hemos puesto a prueba y de la que ahora es demasiado difícil escapar. Es importante que al levantar la mirada de la fotografía no estés viviendo con alguien que no se parece en nada a la pareja que algún día tenías que tener. Es importante que la realidad eventual no hay pisoteado tus sueños, no los haya arrollado en el camino. "Yo quería hacer esto, pero sucedió otra cosa". Y así hasta acabar viviendo en una casa que no es el lugar, en un sitio que no elegiste, compartiendo tu vida con gente que no son lo que el futuro se suponía que tenía que ser. Es importante que mirar la foto antigua no sea como contemplar tu reflejo en la superficie de un mar revuelto. Que al echar un vistazo a lo que has dejado atrás no te conviertas en una estatua de sal. Pero también es importante que cuando mires hacia el futuro, cuando ilumines el porvenir con esta linterna sin pilas que es la intuición, entiendas que, pase lo que pase, podrás volver a soñar, podrás hacer lo que siempre quisiste hacer: Amar con locura. Quemarte la piel en la playa. Matar a un dragón. Ayudar a alguien a lograr algo que parece imposible. Conquistar un país. Formar un imperio. Sobrevivir a base de comida enlatada en una ciudad postapocalíptica. Tirar cócteles molotov a la policía antidisturbios. Correr bajo la lluvia de la mano de la persona que más quieres. Besar un sapo y que no suceda nada después, pero al menos haberlo intentado. Fundar una empresa multimillonaria para después regalar todas las acciones de la compañía a una persona sintecho. Descubrir algo que nadie entiende para qué sirve y que dentro de cientos de años será el principio sobre el que surgirá una nueva revolución cultural y tecnológica. Fundar una familia y vivir con ella hasta que se seas lo suficiente mayor como para morir. Encerrarte en una habitación durante meses y escribir una novela que ningún editor se atreverá a publicar porque no es lo que el público quiere. Como si el público supiera lo que quiere, como si no se lo dijeran los anuncios. Fundar una secta y que crezca lo suficiente para que los organismos oficiales la consideren una religión. Tomar una cerveza helada en una terraza el próximo verano. Fumar a escondidas un cigarrillo, años después de haberlo dejado. Descubrir en la ducha, por accidente, un bultito debajo de la piel y que un médico te diga que es un cáncer diseminado, que te quedan unos escasos meses de vida y que acto seguido tú, en lugar de derrumbarte, que es lo normal en estas situaciones, te levantes de la silla, saltes por encima de la mesa de la consulta y le des de hostias por haberte estropeado el final de la historia. Hacer fotos de lo que te rodea, aunque sea parte de la más asquerosa y deprimente y monótona de tu rutina, hacer muchas fotos, hacer una exposición con todas ellas y después quemarlas todas; prender fuego al museo, a la rutina, a la gente que se para delante de una estúpida foto de la oficina donde trabajas y dice que representa la alienación del ser humano en un ambiente estéril y competitivo. Aprender a hacer croquetas caseras. Ganar las elecciones generales. Publicar un artículo en una revista científica demostrando que la mayor parte de los artículos científicos son aburridos. Llamar por teléfono a esa persona con la que te llevabas tan bien y con la que perdiste el contacto por desidia mutua y quedar y charlar, decirle, por ejemplo: qué tal te va, yo todavía sigo escribiendo en mi blog, que esa persona sonría y diga: lo sé. Aprender a hacer bombas por si alguna vez te hiciera falta, porque oye, nunca se sabe. Quizás te venga bien ponerlo en el currículum: sé hacer bombas. Que todos aprendamos a hacer bombas. A lo mejor es lo que necesita este país para acabar con el paro. Soñar con mundos inventados. Crear mundos inventados. Vivir en mundos inventados.
Es importante que no olvides de dónde vienes, quién eras, qué querías. Porque cuando intentes avanzar entre la niebla espesa que es el futuro no verás nada, y tendrás que caminar como un ciego, a tientas, y es entonces cuando tendrás que recordar qué tipo de ciego eres. Para que no acabes al otro lado del banco de niebla, confundido frente a tu foto, preguntándote qué coño te ha llevado hasta allí. Como si no hubieras sido tú mismo. Todavía no hay perros guía para la vida.