domingo, 13 de abril de 2008

Parte de la batalla

Llovía. Encendí un cigarrillo. Me gusta fumar bajo la lluvia. Desafiando a Dios con la brasa apuntando hacia las nubes negras. Caminando con las zapatillas sobre los charcos. Empapándome los pies. Permitiendo la invasión silenciosa del agua sucia sobre los calcetines. Conquistándome como otras tantas veces. Y nunca opongo resistencia, a pesar de su violento golpeteo contra la piel. Porque sé que en el fondo es sólo una simbiosis, una simbiosis melancólica.
Quizás sea la única guerra en la que no hay vencedores, sólo vencidos.
Cuando al fin regreso a casa, herido de muerte, me miro en el espejo. La sangre es más transparente que nunca.
De pronto tengo mucho miedo: no sé si el que sangra soy yo o es el cielo.

jueves, 10 de abril de 2008

Ciao

Las despedidas son entierros a pequeña escala.
Sin muertos ni ataúdes pero con la ausencia inminente.
No me gusta estar de luto.
Pero no puedo evitarlo.
Porque cada vez que hablamos siento que me estuviera despidiendo de ti.

miércoles, 9 de abril de 2008

Medias horas

Hoy el despertador sonó media hora más tarde, lo cual todavía me desconcierta. Eso me obligó a ducharme, vestirme y desayunar en menos de diez minutos para poder llegar a tiempo al trabajo, no sin antes despedirme dando un beso en la frente a Helena, que descansaba todavía entre las sábanas. Cuando llegué a la oficina todos me miraron sorprendidos al verme entrar con la ropa de la calle, la gabardina chorreando agua de lluvia, la respiración entrecortada por la carrera que me había pegado desde el coche para llegar a la hora. Se me acercó el jefe de sección y me dijo: ¿Dónde está ese maldito café, Alberto? Yo le pregunté que de qué café me hablaba. Él me respondió que el que me había pedido hacía media hora. No entendía nada, pero como no quería cabrearle le llevé un café con leche de máquina lo más rápido que pude. ¿Qué mierda es esta?, me dijo al verlo. Le dije que hoy no lo quería con leche, añadió. Me disculpe como pude y se calmó, aceptando el vaso de papel humeante. Acto seguido me dispuse a trabajar en el informe de recursos humanos. Sorprendido, comprobé que el ordenador estaba ya encendido y que los presupuestos ya estaban hechos sobre mi mesa. Le pregunté a Paco si había tenido él el detalle de hacerlos. Él se rió de mí, me dijo: ¿Yo?, habrá sido lo que has hecho tú antes de irte al baño. No entré a discutir pese a mi desconcierto y me puse a trabajar. Al rato se acercó Noelia a mi mesa, con una sonrisa pícara en los labios que resaltaba su dentadura blanqueada, y me dijo medio en susurros: ¿Decías en serio lo de quedar al salir del trabajo? Tras unos segundos de estupefacción, le contesté que yo no podía haberle dicho eso, que yo estaba casado y todo eso. Ella frunció el ceño, me dio la espalda y dijo sin volverse: no estabas tan borde cuando nos vimos en la puerta del baño. Ya completamente mosqueado, acudí al baño pero no había nadie más que Miguel lavándose las manos. ¿Otra vez por aquí, Alberto?, me dijo con sorna. Me parece que hoy no tienes muchas ganas de currar o tienes diarrea, dijo antes de reírse de forma forzada. Volví a mi puesto de trabajo pensando cosas como que alguien me estaba suplantando o que todos se habían vuelto locos. Acabé el informe, hice un poco más de papeleo y llegó la hora de irse, las 3. Salí a la calle a buscar el coche donde lo había aparcado, una calle poco transitada a una manzana del bloque de oficinas de Hermanos Sanz S.A. Menos mal que en la calle no había casi nadie que pudiera verme, porque menuda cara de gilipollas se me debió quedar al ver que no había ni rastro de mi coche. Furioso, paré un taxi y volví a casa pensando que lo había aparcado correctamente y que si los de la grúa, que si vaya mierda de día. Entré en casa cabizbajo, quitándome la gabardina ya seca, dije en voz alta: Helena, no te vas a creer lo que me ha pasado en el trabajo. De pronto escuché ruidos en el dormitorio, voces nerviosas. Fui a ver qué sucedía y allí estaba Helena desnuda en la cama, tapándose pudorosa. A su lado, de pie, estaba yo en calzoncillos, con los brazos en jarras mirándome. Helena dijo algo confuso. Y yo me saludé a mí mismo, como si me hubiera levantado media hora antes.

martes, 8 de abril de 2008

Recepción del premio

Gracias. Gracias a todos. Me conmueven vuestros aplausos. La verdad este es uno de esos momentos que uno no sabe qué decir. Después de tantos meses de entrenamiento, de perfeccionamiento de la técnica, ha llegado la recompensa. Aquí está, este pequeño trozo de metal con una plaquita grabada que me habéis otorgado y que ahora sostengo. No lo es tanto por el magnífico cheque que lo acompaña, pues al fin y al cabo es sólo dinero, y como tal, sé que de un modo u otro acabaré malgastándolo. Si el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, yo no debo ser humano. Siempre gasto el dinero en lo que no debo. (Risas). Pero bueno, yo a lo que vengo a hablar aquí no es de mis múltiples errores, sino de mi triunfo, triunfo que no me pertenece a mí sólo en modo alguno, triunfo que no debo dejar de caer en la egolatría que tanto me pierde a veces y que algunos de vosotros conoceréis de cerca. Porque sin vosotros este premio no tendría sentido. (Aplausos). Sé que esto lo dicen muchos vencedores de concursos de la más variada índole, pero yo lo digo con absoluta sinceridad. Porque para empezar mi triunfo ha sido un fruto de la subjetividad de una votación anónima. No se me ha votado, lo reconozco, por mi calidad objetiva, hay rivales que sé que se lo merecian más que yo. (Aplausos). Bueno, pues que se jodan. (Risas). En fin, esto puede hacer parecer que este premio tiene menos valor que el que puede otorgar un jurado especializado. En cierto sentido elitista esto es cierto. (Silencio). Pero decidme, quién necesita a las élites pudiendo salir de cañas con el pueblo llano. (Aplausos). Sí, eso es. Quién necesita a las élites. Yo no. Aunque a veces las envidie. (Silencio). Eso es todo. Gracias. (Aplausos).

lunes, 7 de abril de 2008

Necrológica del día

Sólo creo en la enfermedad. Es la única constante que sigue la vida, la única x en cada ecuación. Algunos se empeñan demasiado tiempo en negarla, obviarla, dedicarse a otros asuntos, defender alguna causa perdida. Eso sí, cuando se quieren dar cuenta están demenciados, muriéndose en un sofá. Con un rifle en las pantorrillas. No vaya a ser que en el infierno haya que defenderse.

sábado, 5 de abril de 2008

Confesiones a una cerveza

Si sólo fuera el hecho de estar aquí los dos solos no empezaría a hablarte de esta forma. Porque lo importante no es que estemos tú y yo, que suene en este pub una canción de Supertramp o que seas la tercera de esta noche. La camarera me mira con cara de preocupación. Mientras no llame a la policía no pasa nada, la verdad. Como te iba diciendo, todo esto que sucede ahora no importa, lo que realmente me preocupa, lo que me ha llevado a hablar contigo, a tratarte de tú a tú antes de beberte, es todo lo que no sucede. Porque todo lo que no ha sucedido me ha llevado hasta aquí, negando las demás opciones hasta acabar hablando con una pinta de cerveza como si estuviera loco. Qué estupidez. Pero no me voy a arrepentir de esto. Aunque parezca un error, por el simple hecho de que pudiera estar en otro sitio pasándomelo mejor que contigo. Porque este error es parte de mí, me configura. Pero asumo que me consumo, que hay riesgos implícitos en cada actuación, que no todo puede ser perfecto. Por supuesto que me jode, pero lo asumo. Es una cláusula que todos hemos firmado al nacer. Maldita sea. Me parece que la camarera ha cogido el teléfono y me mira con miedo. Habrá que pagar la cuenta e irse. Hasta nunca, rubia.

viernes, 4 de abril de 2008

Metadona

No puedo prometerte la luna porque no soy un poeta.
Sería conveniente aceptarlo.
Sin embargo hay días que me hago ilusiones en vano. Falsas esperanzas.
Es entonces cuando me creo capaz de prometerte, al menos, una vida sin defectos.
Y como no sé cómo prometerte tal cosa, escribo aquí.
Es igual que entrar en un centro de desintoxicación. A pesar de que al volver a casa la cuchara estará esperando.
Todo seguirá igual. Como si nunca hubiese pasado nada entre nosotros, mi querida adicción.

jueves, 3 de abril de 2008

Circo vacío

El payaso está triste, sí,
ya no quedan niños en este lugar.
Está triste porque todos los hombres
han envejecido y no saben reír,
sólo sueñan con planes de pensiones
y con irse de viaje de vacaciones,
aunque resulte que al final
ninguno llegue a ningún lugar.
El payaso ha perdido sus colores,
ahora no los necesita para llorar,
ya no cantará más sus canciones,
sabe que nadie querrá escuchar.
Su última función será la nuestra:
cuando salga al escenario, destronado,
en vez de una sonrisa será una mueca
lo que en los labios lleve pintado;
una flor bella no, mas sí tendrá una fea,
podrida y negra, y mirará asustado
el auditorio vacío, los focos apagados,
y dirá con su voz arrugada: "de este lado
de la vida no hay nada, no queda nada,
me habéis destruido, dejando
que pase el tiempo, haciéndoos viejos,
ya no quedan niños en este lugar,
los días ahora son todos de invierno
y los inviernos están llenos de muertos,
y a mí
me sobran los muertos, me faltan sueños.

Pero no os disculpéis ya,
es inútil.
Jamás os podré perdonar."

Poker blues

Todo es más fácil de perder cuando lo apuestas. Es colocar en un espacio que no pertenece a nadie tus posesiones, embargarlas temporalmente, y esperar que el azar contribuya a que vuelvan engordadas. Bueno, el azar y una buena escalera de color, ya me entienden. Nadie había planeado la partida. Cuando quisimos darnos cuenta ya estaban sobre la mesa los tréboles, las picas, etc. Y el dinero, por supuesto. Bruno siempre tenía a mano una baraja, después alguien cogía el tapete y no había más que decir. La timba de póquer fue evolucionando a su ritmo habitual, con sus piques entre amigos, risas, el humo del tabaco inundando el cuarto, y unos vasitos de coñac que tenía Sebastián reservado para este tipo de ocasiones. Unos ganábamos, otros perdían, y al tiempo alguno pasaba de tener dinero a no tener nada. Yo por mi parte tenía una buena noche, de esas en las que parece que las cartas se juntaban en mis manos, formaban jugadas de forma instantánea, como predestinadas a hacerme la cosa más sencilla. Pedro aprovechó el refranero popular para decirme aquello de afortunado en el juego... pero no quise entrar al trapo. Esa noche sólo importaban las cartas y no quería discutir. Pasaron unas horas y decidimos que aquella iba a ser la última ronda. Y en esto estamos que me llega a las manos un color, un precioso color de corazones: 7, 8, J, K, A. No me cabía la menor duda de que iba a rematar la noche llevándome la última ronda y por eso dije: venga, apuesto todo lo que tengo. Según la masa de dinero se acercaba al centro de la mesa los demás fueron tirando sus cartas como hombres muriendo en un pelotón de fusilamiento: Sebastián, Jordi, Joan, Pedro. Le tocaba hablar a Bruno. Me miró a los ojos. No quedaba nadie más. Si él abandonaba, yo ganaba, todo se cumplía y a dormir la mona. Era lo esperado. Pero Bruno me miró a los ojos. Y jamás podré olvidar esa mirada. Dijo: voy. Puso todo lo que tenía junto a mi apuesta. Sacó un puto póquer de nueves. Más suerte la próxima vez, compadre, añadió sonriendo. Yo miré hacia mis cartas, tiradas en el tapete, inútiles pero bellas. Y vi cómo se hacían pedazos todos mis corazones.

martes, 1 de abril de 2008

Estar bien

–¿Estás bien?

La pregunta parecía en principio fácil de afrontar, una aserción o una negación habrían bastado para despacharla y después sencillamente habría sido suficiente con darse la vuelta en la cama, buscar la postura y continuar la noche. Sin embargo antes de la respuesta hubo un silencio, lo cual significaba que yo no estaba en condiciones de responder con absoluta sinceridad, o más bien que no sabía cuál era la respuesta correcta. Excediéndome, entré a valorar de forma global mi vida hasta ese entonces, y, si bien no me gusta comparar situaciones dadas en ámbitos diferentes, aquello no resistía comparación alguna. La respuesta parecía, no ya perfilarse como un soso "sí", sino construir una frase del tipo de: nunca he estado mejor. Pero me propasé aún más en aquellos segundos de razonamiento y la certeza de que todo lo que había sucedido terminaría en cierto momento me condujo hasta su negación. Neil Armstrong tuvo que regresar a la Tierra. Los visos futuros no me daban buena espina, se me antojaban demasiado reales a pesar de la mano que acariciaba el rostro. Dicho de otro modo, llevando la situación a un contexto metereológico, hacía un sol espléndido pero en el parte amenazaron con temporal de frío y hielo. O peor. Quizás no fuera un temporal, quizás lo que se me avecinaba después del verano fuera un invierno perpetuo. Así las cosas, la respuesta magnífica a la que presumiblemente iba a seguir algún que otro arrumaco, aquel "nunca he estado mejor" que jamás pronuncié, pasaba a usar de sufijo un triste "y puede que jamás vuelva a estarlo". Debo ser la única persona del planeta, pensé, que echa de menos algo antes de haberlo perdido. Habían pasado ya unos segundos desde la interpelación, segundos que logré alargar con un "qué" interrogativo, intentando asumir que se me obligaba a dar una respuesta, que se me rogaba, mejor dicho, y yo, que no quería desmerecer la situación, yo que no deseaba que eso que se masticaba ahí, esa felicidad, se desdibujase, sólo supe decir con una sonrisa contenida:

–Sí.

Seguidamente, en vez de echarme a llorar, me dormí. Y soñé con un naufragio.