Rage against the routine

sábado, 18 de diciembre de 2010

A mi álter ego no le gusta madrugar. Eso es un hecho. No hay más que ver cómo tras apagar el despertador se queda mortinato sobre el colchón, dispuesto a que le diagnostiquen de muerte cerebral. Constantes vitales: inconstantes. Cuando consigue levantarse equivale a una resurrección mal hecha. El torpe arrastrarse de su cuerpo sobre el suelo frío de cada mañana hasta la ducha. Uno podría decir que allí, mientras mi álter ego yace bajo el chorro propulsado alcachofa mediante, lo que invade el baño no es vapor de agua: lo que sale evaporado de su piel es su alma. El pellejo del alma, al menos. Mi álter ego como una serpiente espiritual que muda de piel periódicamente, en torno a las 8 de la mañana. Luego va el desayuno, ir a la biblioteca, etcétera.

Pero todo esto no es lo importante. Lo importante es que al día siguiente ocurre exactamente lo mismo.

Describir rutinas es aburrido. Vivirlas también. Hasta que te das cuenta de que estás en medio de una y entonces ya no es aburrido: es angustioso. Es descubrirte, de golpe, en una cárcel.

Y mi álter ego se pregunta (o debería preguntarse) si no estará un poco, aunque sólo sea un poquito, alienado. Y por qué coño ha llegado a esta situación de madrugones diarios, situación insostenible desde que asumimos la premisa de que no le gusta madrugar. La lucha contra su propia naturaleza empieza a afectarle a áreas que van más allá del trance matutino con el despertador. Mi álter ego empieza a perder el interés en aquello que antes le gustaba. Deja de escribir. No tengo tiempo para eso, se dice. He perdido la sintaxis, dice: he perdido la inspiración. Hasta que por fin se da cuenta de algo.

Por favor, asistan a la muerte de algo que ni siquiera ha llegado a existir. El aborto como rutina. Empezar una frase y arrugar el papel. Así hasta que se evita empezar la primera frase, por frustración. Un condón mental usado cada día. No gano para condones mentales. La obra maestra que jamás se llegó a empezar. La destrucción de la creación antes de que surja el más mínimo conato, aplastada por la vida. Supermercados, despertadores, horarios, estudios, trabajo, telediarios: habéis acabado con más obras maestras que las guerras y las crisis. La moraleja es fácil: destruye la cosa en potencia y no tendrás que censurar la cosa en acto. Querido álter ego, no es sólo alienación. También es mutilación.

Podría llenar bibliotecas enteras con los libros que nunca he escrito. Y debería enmendarlo, al menos en parte. Escribir como un loco. Perder la salud escribiendo. Morir escribiendo.

Mierda. Tengo otras cosas que hacer.

Contraste de hipótesis

jueves, 9 de diciembre de 2010

Tras un largo proceso estadístico, los agnósticos llegaron, por fin, a una conclusión.

Dios existe (p>0,05).

Hipócrita

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Mirar juntos el cielo nocturno desde el descapotable. Mientras suena Unchained melody. Abrir una botella de champán francés. Ver la espuma derramarse sobre la moqueta del hotel. Las cajas de bombones con forma de corazón. Los poemas ridículos en los que se rima amor con calor. Un ramo de rosas bien caro. El ramo de rosas caído en el suelo al lado de la ropa. Follar al estilo misionero, con las sábanas por encima aunque estemos en verano. Dejarme morir de hipotermia después del hundimiento del Titanic.

Hubo un tiempo en que creía que el romanticismo consistía en esto. Es bastante fácil echarle la culpa a Hollywood. El romanticismo como una especie de estupidez necesaria, una representación teatral en la que las personas se comportan de manera vergonzosa en busca del coito. Es muy fácil hablar de una convención social que obliga a adoptar unos roles, a seguir unos patrones de comportamiento, de lenguaje encubierto, en los que se oculta el objetivo instintivo, se deja como algo implícito, y puedes ver el sexo agazapado dentro del ramo de rosas, de la caja de bombones, sexo en los poemas: puedes encontrar un "follar" mutilado al final de cada te quiero. Se puede deducir que, en una sociedad en la que el capital manda, el dinero es quien decide este romanticismo de cartón-piedra. El dinero compra la careta y el eufemismo. Ya sabes que las chicas de compañía no son putas: son chicas de compañía. Ya sabes que hay muchas formas de acompañar. La gran ficción. Por fin: el amor y el sexo convertidos en un lenguaje de signos y símbolos. Sordomudos de los sentimientos, ¡uníos!

Eso es en lo que yo creía. Ahora toda esa parafernalia no me importa. Al fin y al cabo, quizás el romanticismo ni siquiera exista. O puede que sólo exista como representación de un ideal estúpido e ingenuo. Qué más da, en cualquier caso ya he perdido mi credibilidad. Porque llevo un año aprendiendo a hacer señales de humo con forma de corazón. En un callejón de mi conciencia alguien me llama hipócrita. Otro me defiende y dice que ole mis cojones. Y yo decido huir antes de que comience un debate de prensa rosa.

Con las prisas me olvido del ramo de rosas. Lo siento, le digo, llego tarde a nuestro aniversario. Ella me dice que me quiere. Nos besamos. Etcétera.

Vale, será una ficción, pero bendita ficción.

Tricotilomanía

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Los chicos que eran por aquel entonces se hicieron sus respectivos blogs y así fue como empezaron a poner su granito de arena en la gran letrina que es Internet. La necesidad del verbo, la naúsea del verbo, por fin se materializaba en sus correspondientes vómitos de palabras ordenadas. Pronto, la producción se hizo abrumadora. Las horas muertas se transformaban en algo que se asemejaba a la literatura. De hecho, cuando pasabas por encima sin fijarte mucho podías jurar que eso era literatura, pero si te hubieras acercado, si hubieras husmeado, así, con el hocico en la pantalla, si hubieras chupado, apretado aquello hasta exprimirlo, te habrías dado cuenta de que eso era otra cosa. Literatura convertida en algo parecido a una bola de pelos que sacas del desagüe. (Ahora debes poner cara de desagrado: qué asco, yo creí que era literatura. Pues no: es una bola de pelos. Que lo sepas.) Pelos como frases, perfectamente alineados y peinados en el gran engaño y, también, autoengaño. Porque los chicos también creían que aquello era literatura. Lo leían entre ellos y se elogiaban tal o cual frase. Qué ingenioso, decían, mientras pensaban: te habrás quedado calvo. Y no les faltaba razón. Ya que los chicos que eran por aquel entonces dejaron de serlo y, con el tiempo, se fueron quedando calvos. Perdiendo las ganas de escribir. Pero aunque estaban desmotivados, no desistieron: siguieron arrancándose hasta el último pelo con una desgana magistral que sólo los años esculpen. Qué menos que escribir una vez al mes, pensaban. Ya no se acordaban de la época en que era un ritual casi diario.

Pelo a pelo, hasta que un día llegaron al último pelo. El último texto. Con el consiguiente repaso al blog para decidir, por fin, que eso está terminado. Y hundieron la mano en el desagüe. Vaciaron el blog. Sacaron la maraña. Los pelos colgando muertos entre los dedos. Réquiem. Funeral. Kaput.

Pero no es que estuvieran renegando de su pasado. Es que necesitaban una peluca.

La máquina de ligar

domingo, 31 de octubre de 2010

Ahora que lo dices, yo siempre lo tuve claro: lo importante es no sufrir. Pasar por la vida sin rozarte contra sus muros, impoluto, virginal de desgracias, libre de cicatrices. ¿Para qué pasarlo mal si hay otro camino? Al principio fue difícil, lo reconozco, y cometí algún que otro pequeño error de cálculo. Porque hay reacciones que no se pueden predecir con facilidad, es cierto. Puedes tener la situación perfectamente calculada, las pautas de conversación estudiadas, con todas las variantes posibles, y un factor ambiental, como puede ser la lluvia, que haya mucho ruido o lo que sea, un solo factor que no esté en la ecuación, puede tirarte las probabilidades de felicidad. Pero con la práctica perfeccioné el método. Eliminé los riesgos ambientales, empecé a utilizar habitaciones privadas preparadas por mí hasta el más mínimo detalle. Sin climatología, sin el riesgo que implica un mal camarero o un tipo que fume demasiado en la mesa de al lado. Antes de quedar con alguien realizaba el pertinente estudio de la personalidad, preparaba las variantes de conversación, la vestimenta adecuada, todo al detalle para que las probabilidades de éxito fueran de más del 95%. Sí, lo has oído bien. No conozco a nadie que tenga tanto éxito en sus relaciones personales. Y cuando hablo de éxito me refiero a felicidad. Bien, eso ocurre en la primera cita, que es el momento crítico. Luego todo es más sencillo, aplicando mis estudios sobre el comportamiento humano, basados en los errores documentados en las experiencias de gente desgraciada, soy capaz de llevar la relación por cauces indoloros para ambos. En definitiva, todos mis actos están planificados con antelación. Puede parecer algo reprobable, pero yo no quiero nada más que ser feliz. Pero no te asustes. Sé lo que estás pensando: esta habitación tiene las paredes de tu color favorito, la decoración te parece maravillosa, hemos hablado de todo lo que te gusta hablar, etcétera. Así que, ¿por qué te estoy contando todo esto? ¿Por qué confesar mi estrategia a pecho descubierto? Reconozco que son buenas preguntas pero me parece que también deberías preguntarte: ¿y si contarte todo esto no es más que una parte de mi plan? ¿Y si he calculado que al contarte mi estratagema la probabilidad de que tú y yo seamos felices es aproximadamente del 100%? O también puede ser que todo esto sea mentira y yo no sea más que un tipo cualquiera que te está intentando engatusar y desnudar y que te va a prometer una llamada que nunca llegará. Yo te diré que nunca haría eso, claro. No te voy a poner las cosas tan fáciles. Porque a partir de ahora esto no va de lo que yo vaya a decir. Esto depende de lo que tú vayas a hacer. Así que, antes de decidir entre huir o quedarte, piensa: ¿y si es cierto? ¿Y si voy a ser feliz? ¿No merece la pena probar suerte?

Los niños tienen pene y las niñas tienen vagina

jueves, 21 de octubre de 2010

Las cosas están más jodidas de lo que parece, insiste un tipo cuyo nombre desconozco, en el debate que aparece en la pantalla de televisión. Probablemente está hablando de política. O de religión, o de fútbol, o de arte, o de ciencia, o de sexo, o de literatura. No importa de qué y no importa precisamente porque todo es lo mismo. Por ejemplo, Arnold Schwarzenegger grabando una escena de una película hace unos cuantos años. El director le dice que se ciña al guión, que dispare (o que haga como que dispara) con cara de mala leche y maldiga a los malos. El director grita: ¡corten! La cinta se edita al final del rodaje y se proyecta en todo cine que se precie. La película se promociona. La gente va a ver la escena de Arnold Schwarzenegger. Comentan la película a la salida del cine. Piensan en la película. La película se traduce y dobla y se exporta desde EE.UU. a ese resto del mundo que tiene dinero para poder ver películas. El actor de doblaje se apropia del cuerpo de Arnold. Se promociona en cada país, se proyecta en cada país. La ecuación es exponencial. La gente contempla la escena en la que Arnold Schwarzenegger ya no actúa, vive. La imagen de Arnold se multiplica y emite simultáneamente por doquier. Después, igual que vino, desaparece. Años más tarde, una cadena de televisión cualquiera vuelve a emitir la película, reviviendo la imagen y el recuerdo. Propiciando que yo, al cambiar de canal, abandonando el debate sobre lo jodidas que están las cosas, vea a Arnold disparando a los malos y maldiciendo. Lo veo y que es austriaco, culturista, actor, republicano y gobernador de California. Sé todo eso pero me da igual. Soy consciente de que lo sé y nunca quise saberlo. Nunca busqué información sobre él, pero la información acabó viniendo a mí, como una enfermedad infecciosa. Y pienso en Arnold Schwarzenegger, introducido a la fuerza en la mente de todo el mundo, pienso en él como en una proyección, como en una cadena de montaje, Arnold ganando Mr. Universo, Arnold actuando en Poli de guardería, Arnold actuando en un mitin de campaña, Arnold quieto mientras sus músculos se reblandecen por culpa de la vejez, pienso hasta que llego a preguntarme: "¿y qué pensará él de todo esto?" y tengo miedo porque probablemente él no se haya planteado jamás nada de todo esto y porque ni siquiera yo sé muy bien qué es todo esto, y así, finalmente, decido que sí, que las cosas deben estar más jodidas de lo que parece.

Averiado

domingo, 3 de octubre de 2010

Ahí lo tienes, a Benito (Mr. B) se le estropea un interruptor, hizo cataplof, a tomar por culo, y esto podría ser un asunto de preocupación, qué digo, un asunto capital, pero en realidad no hay tal problema. Mr. B tiene otro interruptor de idénticas características, por lo que decide no buscar solución, porque, para qué va a ir al hospital, seguro que el médico de urgencias se acercará con cara de cansancio y le dirá: pero si usted tiene otro interruptor que hace lo mismo, ¿para qué quiere que le funcionen los dos? Y Benito dirá que sí, que tiene razón, que tanto interruptor puede ser incluso un incordio, que ahora es más fácil saber cuál hay que apretar para que se haga la luz. El informe médico impreso bajo el brazo, Mr. B canturreando de camino a casa como si no se le acabase de joder un interruptor sin motivo aparente, sin siquiera preguntarse si hay algo detrás de la avería. Pero qué más da, la vida sigue y uno no tiene que detenerse en estudiar esas minucias, a saber, cualquier plástico pudo haberse desgastado y por eso ahora el péndulo blanco se encasquilla y no funciona. Olvídalo. Olvidado. Mr. B aprende a vivir sin un interruptor y la verdad es que al poco tiempo lo ignora con la más absoluta profesionalidad. Con la más absoluta desconsideración hacia el interruptor. Pero, ¿y si se estropease el otro? ¿Y por qué habría de estropearse? Nada sucede, pasa un año, y a B le va todo estupendamente en su casa de algodón. De pronto, un día, a Mr. B le aparece una humedad en la cabeza, se le extiende por el cuero cabelludo y B no tarda en ir a comprobar que la culpa fue de una cabeza vecina, la cual tuvo una fuga de agua. Benito llega a un acuerdo con la cabeza vecina y su seguro y vuelve a su vida normal, en espera de que su humedad se seque y entonces pueda volver a pintarse el cráneo. Durante la espera a B le crecen unos cuantos hongos en la humedad, pero salvo por el mal aspecto no hay mucho más de lo que preocuparse. El acuerdo existe y en el futuro todo irá a mejor, o no: porque a los pocos días de la aparición de los hongos, un día vulgar y corriente, a Benito, después de desayunar, se le rompe la cadena del váter. El dolor es brusco y nota un presentimiento de muerte, así, con la cadena desprendida en su mano. Llama al 112 y los chicos llegan rápido y le toman la tensión, le miran las juntas, la glucosa y si el alicatado aún sigue en pie. Tras comprobar que la estructura está estable, se llevan a Mr. B al hospital cagando leches. Un médico ojeroso se acerca a B, y le examina con la falta de dedicación que años de desidia han forjado en su personalidad. La llave inglesa sale y entra con facilidad del cuerpo de B, lo que él desconoce si es una buena señal. ¿Es grave?, pregunta. Y el médico con cara de sueño le responde que sí, que tendría que haber acudido antes a pedir ayuda, que tiene un interruptor calcificado y la cisterna hecha mierda. Le tiende un informe impreso y le dice que no hay nada que hacer. Que la degeneración es inminente y progresiva. Benito lee el informe y llora, piensa en llamar a su propietario para despedirse de él. Ha sido declarado edificio en ruinas.

La metafísica del pescado

viernes, 17 de septiembre de 2010

Al despertar encuentras, boqueando entre las sábanas, un pez que se ahoga. Sin motivo alguno, en medio de la sorpresa inicial, y con la mayor somnolencia posible, piensas en la posibilidad de una enorme cama de pez bajo el mar, si es que acaso los peces tienen camas, y en un pescado que despierta de su sueño, si es que acaso los peces duermen, y que se encuentra, por sorpresa, a un hombre enredado entre sus sábanas, hombre del que salen burbujas de aire por la boca, burbujas que ascienden hacia el techo del cuarto. Acto seguido, te das cuenta de que el dichoso pez se muere, joder, las está pasando canutas. Lo coges como puedes entre las manos, pero resbala mogollón, y tú, en una suerte de pijama veraniego (camiseta de publicidad + calzoncillos) te presentas a la humanidad en medio de tu habitación como un triste malabarista de peces, intentando que el resbaladizo cabrón no se te caiga al suelo. ¿Qué tipo de pez es? ¿Una trucha? ¿Un salmón? ¿Una merluza? No tienes ni puñetera idea de peces, concluyes mientras avanzas por el pasillo rumbo al baño, usando las manos como si el pez fuera una pelota de ping-pong que rebota una y otra vez en tus manos. Tú mismo no te caes de milagro. Una vez consigues alcanzar el cuarto de baño, el primer impulso que tienes es lanzarlo al váter. Pero el último orín de la noche que encuentras en el mismo hace que te lo replantees. El pez cada vez se mueve menos. Lo cual, por un lado, es bueno, porque puedes mantenerlo sujeto sin hacer el ridículo, pero, por otro lado, eso quiere decir que se muere. Asustado, lo tiras rápidamente en la bañera, y en tanto que abres el grifo, pones el tapón en el desagüe, y esperas a que el agua sea suficiente como para que sobreviva, te das cuenta de que del golpe al caer en la bañera puede haber muerto. No se mueve. Según se llena la bañera, el cuerpo del pez no reacciona, el agua parece empezar a cubrirlo, pero no hay movimiento alguno. El cuerpo sin vida del pez empieza a flotar sin vida. De acuerdo, la escena te congela, con la bañera llenándose y el pez, ahora inerte, flotando en su interior. Pero date cuenta de una cosa, en ningún momento te has llegado a plantear cómo llegó a tu cama. ¿Te parece normal? Ponerte a intentar salvar al primer pez que encuentras en la cama sin preguntarte si debes hacerlo. Sin saber siquiera si tiene sentido. El sentido de la vida del pez. Y total, para qué. Para que en lugar de un pez muerto en la cama ahora tengas un pez muerto en la bañera. Una esquela ridícula: Pez (¿? – 17 de septiembre de 2010). Ni siquiera sabes qué estilo de pez es. ¿Se dice estilo? ¿Tipo de pez? ¿O es mejor decir raza de pez? ¿Los peces tienen pedigrí como los perros? ¿Qué se hace con un pez muerto al que has intentado salvar la vida? ¿Está bien cocinarlo? Me refiero a: éticamente, ¿está bien cocinarlo? ¿No sería un poco hipócrita? ¿Un poco utilitarista? ¿Muy poco espiritual? ¿No sería mejor no haber encontrado al pez y que se hubiera muerto en la puta cama? Una muerte digna. La eutanasia del pescado. De pequeño te enseñaron a cepillarte los dientes tres veces al día. Si nadie te hubiera enseñado, al comprar un cepillo de dientes, ¡no vienen las instrucciones escritas! Jamás habrías sabido cepillarte los dientes de la manera correcta si no te hubieran dicho cómo se hace. Pero de pequeño no te enseñaron qué hacer con los peces que se ahogan en la cama, ¿verdad? Así que, ¿has hecho lo correcto? Haz el favor de dejar de mirar absorto la bañera a punto de rebosar y responde, gilipollas, ¿has hecho lo correcto?

Cuestión de minería

lunes, 30 de agosto de 2010

Una multiplicación de dos incógnitas, a eso se reduciría entonces, escribir o tallar, en un pupitre, las iniciales como factores, la tuya, la mía, un resumen del amor, algo como, por ejemplo, AxS: eso es la adolescencia. La adolescencia murió el día en que el resultado dejó de importar. Incluso las iniciales dejaron de importar. La cruz es la que señala el lugar del tesoro. Todo lo demás son florituras decorativas. Ni la A ni la S tienen relevancia en esta abstracción mental, son los límites del agujero que estamos cavando, que tenemos que cavar. Y nos esforzamos en ello, nos esforzamos con todo el alma. Porque en eso consiste madurar. En esforzarte en conseguir algo, aunque no entiendas los motivos. Descubrir, al final, que no hay motivos. En eso consiste vivir. En cavar. En descubrirlo. Ver cómo este vacío metafísico que hemos creado cobra fuerza. Ahora, centro gravitacional, agujero de gusano, atracción límbica, te admiramos con la sabiduría del paso del tiempo y te llenamos de sentimientos. Los vertemos hasta vaciarnos. Hacemos que rebose. Ya no hay cruz y nos hemos vaciado, así que sopesamos la posibilidad de sumergirnos en nuestra obra común. Suena peligroso y atractivo. Así que saltamos de la mano. Justo antes de hundirnos, podremos ver otros agujeros que hemos dejado atrás, ya secos. Quizás nos ahoguemos de tanto sentimiento. Puede que no, puede que aprendamos a compartir la botella de oxígeno. Y después puede que necesitemos buscarnos otra cruz en la que cavar. O quizás acabemos por volver, algún día, a los agujeros abandonados. Una vieja agenda, una llamada de teléfono, una taza de café. Mirarnos con los ojos obliterados por las arrugas. Decir: me he acordado de ti, te eché de menos durante mucho tiempo, ahora me muero, ahora no tenemos fuerzas para cavar una mierda. Penetrar en agujeros secos. Tener el agujero seco. Cualquier expresión de la sequía: en eso consiste la vejez.

Insonorizados

domingo, 1 de agosto de 2010

En cierto momento de la conversación ella dijo algo inapropiado y él se calló. Un silencio presuntamente neutral pero que, a efectos prácticos, era el equivalente emocional a respirar gelatina. Un silencio que aplastaba. La tumba del faraón. Catacumbas. Un velatorio. Nichos a medianoche. Los restos del bosque después del incendio. Una explosión perdida en el espacio. Pueblos deshabitados. La caída del rayo en espera de su trueno. Tapones en las orejas. Sonotones que no funcionan. Habitaciones acolchadas. Relojes sin pilas. En definitiva, silencio. Entonces ella se dio cuenta de lo inapropiado de su comentario y pidió perdón. Él dijo que no tenía importancia, pero se mantuvo a la espera de que sucediera algo más. La tensión de algo falsamente resuelto. Propiciando la decisión por parte de él de expresar los motivos por los que se enfadó. Provocando la reiterada disculpa de ella. El reconocimiento por parte de ambos de que ninguno de ellos deseaba esa situación. De que ninguno sabía cómo habían acabado así ni cómo salir de aquel callejón sin salida. El descubrimiento del dibujo erróneo de un callejón sin salida que no existe. La explosión emocional por parte de él por lo mal que lo había pasado a causa del comentario de ella. La explosión emocional por parte de ella a raíz de la explosión emocional de él. Lo pringoso de las explosiones emocionales. El requerimiento consecuente de pañuelos de papel. La feliz resolución del conflicto comunicativo. Los besos. Los abrazos. El sexo. Los orgasmos.

Narciso

miércoles, 28 de julio de 2010

Ignorado y vilipendiado a partes iguales por sus compañeros de trabajo, el hombre del telescopio acabó finalmente solo. Por las noches miraba hacia los astros, los catalogaba y apuntaba sus coordenadas con absoluta minuciosidad. Acto seguido calculaba sus trayectorias, pronosticaba algún que otro suceso cósmico y, en definitiva, añadía una pequeña pieza más en la gran ecuación del universo conocido. El hombre del telescopio miraba embelesado las fórmulas sobre el cosmos, pensando en alguna Ley Científica que unificara ese caos deslavazado de datos sin rumbo, a modo de magma envolvente, una Ley definitiva que explicara lo encontrado y, aún más, todo aquello que estuviera por encontrar. La masilla que unificara todo lo que él había registrado a lo largo de los años. En estos trances el hombre del telescopio acababa por dormirse sobre los papeles de trabajo a causa del cansancio y soñaba con números e incógnitas. A veces se despertaba agitado y no lograba volver a conciliar el sueño: pensaba en que las galaxias, las estrellas, no eran más que una foto de lo que ya había pasado. La luz llegaba con tanto retraso a la Tierra, que llegaba a concluir que en realidad no ejercía de astrónomo. Que sólo era un simple historiador de algo que no le importaba a nadie. Que, si acaso al final lograra encontrar la dichosa Ley Unificadora, ésta podría ser nada más que una Ley ya caducada. El hombre del telescopio se había quedado solo y sentía que aquello en lo que trabajaba no tenía el más mínimo futuro. El hombre del telescopio se sentía como un hombre con un apéndice de metal inservible, un apéndice absurdo que se elevaba todas las noches hacia el vacío como el perro semihundido de Goya, un apéndice idiota que, paradójicamente, era la única razón de su existencia.

Una noche, durante sus observaciones rutinarias del firmamento, explorando un cuadrante del espacio sobre el que no había nada en las anotaciones, el hombre del telescopio no pudo anotar nada en el cuaderno. A través de las incontables lentes de aumento de su falo astronómico observó lo que parecía ser, simple y llanamente, un espejo. Sí, un puto espejo. Un espejo flotando en medio del cosmos sin razón alguna, situado en el ángulo exacto, preciso, totalmente improbable e ilógico en el que se reflejaba la imagen de él mismo, proyectada desde la Tierra años antes. Y se veía a sí mismo, joven, ilusionado, después de haber renunciado a sus amistades por un sueño cósmico, en su silla habitual, ahora ya desgastada, mirando y apuntando con ilusión, y era tal la fascinación, que no pudo moverse, no pudo dejar de mirarse a sí mismo, apuntando la posición de tal o cual asteroide, sonriendo al hallar un nuevo cuerpo celeste, y verse envejeciendo, noche tras noche, en aquel mismo sitio, se veía a sí mismo a través de los años de distancia, como un Narciso interestelar, se veía a sí mismo encaneciendo, quedándose calvo, arrugándose, perdiendo el brillo en los ojos, cambiando el rictus de su gesto, por uno cada vez más sombrío, más apagado, y entonces ver, como si fuera una premonición, cómo acaba, una noche cualquiera, por enfocar hacia el espejo, quedando absorto, sin poder anotar nada, nunca más.

Vocación (fragmento)

viernes, 16 de julio de 2010

(...) porque nuestra empresa invierte millones en mejorar los fármacos actuales. Esto implica investigación, ensayos clínicos, publicar los estudios, llenar unos cuantos bolsillos de dinero, etc. Por eso me enorgullece afirmar que nosotros no sólo creamos fármacos. Creamos puestos de trabajo. Llevamos el pan a casa de mucha gente. Y no sólo beneficiamos a todas esas personas implicadas en el desarrollo farmacológico, también a muchos profesionales de los servicios sanitarios, ofreciéndoles la terapeútica más puntera al servicio de sus pacientes. Y piensen en la cantidad de personas enfermas que mejoran su salud, combaten la enfermedad y la vencen gracias a nuestra farmacopea. Ellos son, más allá de los trabajadores, la principal motivación de esta empresa. Como bien me han preguntado, es cierto que hemos recibido algunas críticas. Porque aunque avanzamos, quizás parezca que las mejoras que introducimos en los nuevos compuestos son mínimas y que sólo desarrollamos fármacos nuevos para y por el mercado, compuestos que no mejoran en nada especial a sus predecesores, creados sólo con el ánimo de lucro. Nada más lejos de la realidad. Convengo con esos críticos en que las mejoras no son espectaculares, pero he de decir que la ciencia no puede avanzar más rápido, la ciencia se construye a pequeños pasos. No es cierto que especulemos con la salud: nosotros fomentamos la salud. No puedo consentir que se nos tache de ávaros cuando el resultado es tan beneficioso para la gente, es más (...). Por poner un ejemplo, un fármaco quimioterápico, todavía en fase experimental, el (...), a priori no parece ofrecer grandes avances en el tratamiento con cáncer de mal pronóstico como son los (...), pero los estudios preliminares que hemos realizado muestran un aumento de la supervivencia de dos meses con nuestro fármaco. Parece escaso. Pero piensen, piensen por un momento, lo que pueden significar esos dos meses más de vida en un enfermo de esas características. Dos meses más para (...) y para (...). Dos meses más para sonreír por última vez. En definitiva, dos meses más de felicidad.

Vocación (fragmento)

miércoles, 14 de julio de 2010

(...) Llevaba bastante tiempo sintiéndome mal, así que (...)
En ese instante, mientras todavía retumbaba el diagnóstico entre las paredes de la consulta, con el médico ya comenzando a exponer las diferentes opciones de quimioterapia, yo sólo podía pensar en cuál fue el momento que detonó la enfermedad. ¿Sucedió en el preciso instante en que di cierta calada? ¿Quizás ocurrió mientras dormía plácidamente? ¿Había una fecha y una hora precisa en la que la mutación clonal se había producido, un momento temporal 0 a partir del que se produjo la aberración genética, la mutación, la amplificación, la proliferación de una nueva génesis inmortal, nacida para matar su único sustento? Y si era así, si ocurrió en un momento exacto, ¿podía haberlo evitado? Por supuesto, mis conocimientos sobre la materia eran suficientes como para saber que esto no es así, que las neoplasias son más producto de un continuum que de un suceso puntual, y que, si bien ese suceso puntual sucede (al menos teóricamente), es imposible delimitarlo, determinarlo con precisión, señalarlo con el dedo, y es imposible porque aquí no hay bibliografía ni ningún tipo de documentación que consultar, porque no hay archivos que documenten todo lo que ha vivido mi cuerpo, no hay un registro de todas las actividades que he llevado a cabo en mi vida, y no lo hay porque eso no le importa a nadie. Estaba llegando a esta conclusión cuando que me di cuenta, de pronto, de que el médico esperaba en silencio a que me decidiera por alguna opción terapeútica. Dije: usted es el especialista en hematología, me fío de su criterio. (...) Después de aquella consulta hablé con mi familia, con mis allegados. Tras la sesión de llamadas telefónicas, comprobé con horror que, efectivamente, mi vida no importaba. Que lo único que parecía importar era mi enfermedad. El estado de mi enfermedad.

Vocación (fragmento)

lunes, 5 de julio de 2010

(...) En fin, como iba diciendo, ¿existe Dios? ¿Dónde encontrar respuestas? A mi entender el estudio de la medicina nos ofrece algunas de las pruebas de que Dios, definitivamente, no existe o, como mucho, de que existe pero en realidad es un cabrón, un tonto o un incompetente. No hay más que pensar en las enfermedades congénitas, las enfermedades mentales, las taras físicas, los niños enfermos, los ancianos que agonizan día tras día en la misma cama, con las mismas gafas nasales imbuyendo oxígeno en sus resecas napias, incapaces de moverse, restringidos al pañal y al cambio postural de la enfermera de turno. Gente que conoce pronósticos infaustos y dice: gracias, doctor; gente que se queda en silencio mirando al suelo; gente que se entera de que el resto de su vida va a convivir con eso. Lo más increíble es que algunos, después de conocer la noticia, y tras muchos años sin hacerlo, vuelven a rezar.

MSP

martes, 29 de junio de 2010

Soy una mala persona. Comer carne roja, no lavarme las manos después de mear, no sonreír a la gente cuando intentan ser amables conmigo (porque sé que lo intentan y sé que es lo que tratan de aparentar) y viceversa, sonreír cuando intentan herir mis sentimientos, son algunos de mis atributos. Pero si algo me caracteriza de manera nuclear, si algo forma parte de mi esencia de mala persona, algo sobre lo que pivotan el resto de malas cualidades, como satélites del mal, es que no soporto que a los demás les vayan bien las cosas. Y no se confundan, no se trata de envidia. La envidia implica que el envidiado tiene un algo que el envidioso no tiene y desea. Para que mi esencia aflore no implica que yo desee ser o tener algo que jamás alcanzaré: bien puede ser que el otro tenga algo que a mí no me gusta, pero que a él le hace feliz (y eso es lo que me repatea) o bien puede que lo que el otro ha logrado es algo que yo también he conseguido hace tiempo y a lo que no he dado la más mínima importancia, pero es un logro que al otro le conmueve o le implica un reconocimiento (el mismo que yo desdeñé en su momento) que hace que la cara del tipo sea reluciente de alegría y para mí sea, por ende, repulsiva. Tampoco es conveniente confundir estos sentimientos con la misantropía al uso o cosas así. Yo no odio a la gente en general, odio a la gente a la que todo le va bien. Padezco, y es un término que yo mismo he desarrollado: misantropía selectiva positiva. Como acrónimo: MSP. Bien, como decía, mi MSP por definición implica que no tengo aversión a toda la humanidad por completo, y es más, yo soy capaz de desarrollar sentimientos de conmiseración y empatía hacia todo aquel que lo pasa mal, pero únicamente hacia ese tipo de personas. Soy incapaz de alegrarme por los éxitos de otros hasta el punto de que me producen rechazo. Las caras felices me producen tal rabia que cogería a todos esos patéticos risueños de pacotilla y les metería su sonrisa por el culo. Pido perdón por el lenguaje soez. Pero es que me enervo sólo de imaginarlo, de imaginar a alguien dando botes de alegría, de sólo pensar que puede haber alguien destrozado llorando en cualquier lugar de este mundo, y entonces, por culpa de mi MSP, me dan ganas de reclutarlos a todos, mis queridos llorones, infelices, patéticos, fracasados, y decirles, convencerles, de que hay que acabar con todos esos tipos contentos y felices, de que tenemos que unirnos todos, de que tenemos que establecer el imperio de la tristeza, de las cosas mal hechas, de los fracasos estrepitosos, y de que así, de una vez por todas, por fin, nos iría tan bien.

Rusa, no Rusia

viernes, 25 de junio de 2010

Vale, cara. Eso fue exactamente, palabra por palabra, lo que dijo: vale, cara. Y salió cruz. Supusimos que así era más justo. Porque si ya nos íbamos a entregar a la suerte, sobre todo a la mala suerte, ¿qué mejor que hacer que absolutamente todo lo que sucediera después dependiera de algo tan aleatorio como una moneda que da vueltas en el aire, cae en una palma y es dada la vuelta contra el dorso de la mano contralateral?

Pues ha salido cruz, dije yo. Él me miró. Dijo: un momento, si ganas tú, qué significa, que te toca a ti o a mí. A ti, le dije. No estoy de acuerdo, dijo él, si sale lo que tú has elegido deberías ser tú el que pringue primero. Si sale lo que yo he elegido, le repliqué, yo elijo a quién le toca porque he ganado. Eso no puede ser así, me insistió, porque eso podría implicar que tanto tú como yo vamos a elegir que me toca a mí y no tendría ningún sentido echarlo a suertes, porque en ese caso estaríamos de acuerdo. Vale, respondí, pero yo entiendo que si me lo discutes es porque tú no quieres empezar, es porque no estamos de acuerdo, y por eso si te digo que te toca, te toca, amigo. Lo siento, colega.

Se quedó callado, cogió el revolver y giró el tambor. Una bala, seis oportunidades. Y qué hago, dijo tras cerrar la pistola, ¿te disparo a ti o a mí? A ti mismo, imbécil, le respondí, si te toca la bala no quiero que esto parezca un asesinato, ¿entiendes? Tiene que simular un suicidio. Él me respondió que todos estos detalles teníamos que haberlos hablado antes, que teníamos que haberlo consensuado mucho antes, incluso antes de agenciarnos el arma, que él no estaba preparado para lo que fuera a pasar. Y no me refiero a que yo me muera, añadió: también verte cómo te pegas un tiro en la sien puede que no sepa soportarlo. Yo miré hacia el dinero sobre la mesa. Dije: mira, los dos estamos de acuerdo en una cosa, al menos una: nuestras vidas no pueden seguir así. Por eso estamos haciendo esto, aquí y ahora, por todo ese dinero como única salida, para empezar de cero, ya sabes, para empezar uno de los dos debería morir. ¡No me lo creo!, gritó él, agitando el arma de una manera tan peligrosa que me hizo desear que fuera yo el que la tuviera: ¡no lo creo! ¡Podemos hacerlo juntos, empezar de cero juntos, cada uno con la mitad de la pasta! Yo le miré en silencio. Él lo entendió. Temblando, posó el cañón en la sien, apretó el gatillo, sonó: click.

Él jadeaba. Me pasó el revolver. Tu turno, dijo. No lo pensé, me dije: no tienes que pensarlo, sólo hazlo. Imité su gesto anterior. Apreté el gatillo. Sonó: click.

Su cara cambió de color. Quedan, como mucho, cuatro intentos más, le dije cuando le pasé el arma. Cada vez más pálido, realizó el ritual. Vi cómo una gota de sudor bordeaba el lugar donde podría detonar su cráneo. Click.

Mi turno. Esta vez estaba asustado de verdad. Apreté el gatillo. Click. Otra vez.

Ahora es su turno. Sólo quedan dos oportunidades. Si falla, la bala me espera a mí. Tiene un 50% de posibilidades de sobrevivir. Si lo consigue, yo tendría un 0%. Aprieta el gatillo. Click.

Me mira. Dice: lo siento, tío. Yo digo, mientras empiezo a llorar: no es justo, la gracia de la ruleta rusa es que no sabes si vas a morir. Si estás seguro al cien por cien de que te vas a pegar un tiro, ¿qué sentido tiene? Es un simple suicidio. Y yo no he venido a suicidarme. Por favor, gira el tambor, te lo suplico, por favor, dame otra oportunidad. Me derrumbo, del miedo me caigo de rodillas, la manos detienen mi caída definitiva. Noto el metal detenerse, apoyarse, en mi cabeza. Escucho tres palabras: lo siento, colega. Después no escucho nada más.

Pronombres impersonales

viernes, 11 de junio de 2010

Algo da vueltas y chisporrotea en el microondas. La lluvia golpea sin descanso el vidrio de la ventana de la cocina donde Alguien mira ese algo girar y chisporrotear. La mezcla del zumbido del microondas y de los ligeros estallidos que se forman en su interior con el retumbar suave del agua contra el cristal crea una banda sonora lo suficientemente tribal como para que Alguien se ponga, así, en calzoncillos, tal y como está, a bailar en torno a una hoguera mágica en una cocina que tiene algo de chamánico en esos instantes. Pero Alguien no está para bromas, por lo que se limita a mirar encorvado sobre sí mismo la cuenta atrás del microondas, apoyando el culo ligeramente sobre la encimera y pensando en algo lo suficientemente aburrido como para no merecer reseña alguna en estas líneas. Tras el calentamiento, Alguien saca el contenido del microondas y se sienta en una mesa en la que no debe caber más que una persona y media. Ese es uno de los motivos por el que nunca invita a Nadie a cenar. Alguien come eso que ahora está caliente y lo mastica como si se tratase de una delicatessen, pero Alguien sabe que tampoco es para tanto. Sólo come por necesidad. Alguien piensa en Nadie y se la imagina en esa mesa apta para persona y media, los dos peleándose entre risas por conseguir posar su plato, como si el que llegara primero fuera el único que vaya a comer, y Nadie reiría como ríe cuando se la cruza en el trabajo, y Alguien cedería su sitio, acabaría posando el plato en sus piernas y comerían con los carrillos llenos de algo calentado en el microondas y se mirarían con felicidad. Eso sería si Alguien hubiera cruzado alguna vez una mísera palabra con Nadie. Alguien a veces añora ser más emocionalmente implicado, eso es: emocionalmente implicado, aquello que leyó en aquella revista dominical. Pero Alguien no está para esos trotes. Ya le cuesta trabajo desenvolverse con las nimiedades del día a día como para tratar de sacar a flote sus emociones, compartirlas y acoger en su seno otras, como para ponerse a nadar en emociones. No. Eso sí que no. Alguien no tiene tiempo que perder. Acaba de comer y pone el plato en el lavavajillas. Se va a leer un libro que le está gustando mucho, sobre una historia que jamás sucederá, una aventura tremendamente e-mo-cio-nan-te y que no se aparece en nada a su vida. El tipo que escribió el libro, se dice Alguien, seguro que tampoco ha vivido una vida así. Esto le lleva a plantearse, así, en calzoncillos, tal y como está, con el estómago lleno de algo calentado en el microondas, seco de sentimientos, aburrido, vulgar, trivial, todo un hombre moderno como él, si debería ponerse a escribir. Pensado y hecho. Alguien olvida el libro y se registra en una página para escribir un blog en Internet. Escribe con mucha frecuencia. Le entretiene.
Años después, Alguien habla con Nadie. Ella le dice que lee su blog y se sonroja. Él le pregunta a ella si quiere ir a cenar a su casa. Ella acepta. Comen cosas en una mesa en la que cabe una persona y media. Se ríen. Follan. A raíz de esto, Alguien se despreocupa de las cosas superficiales de la vida. Empieza a ser un hombre emocionalmente implicado. Por fin. Nuevas ocupaciones y preocupaciones le atosigan. Ahora busca algo con profundidad, algo trascendente, algo nuevo: coge el libro que abandonó hace años y le parece basura. Ojea su blog y le parece basura. Así que decide dedicarse a otra cosa. A Nadie le parece mal. Porque a Nadie le gusta el blog.
Pero, al final, Alguien se olvida del blog que Nadie seguía. Y nadie le da importancia al asunto.

Nacido para

sábado, 15 de mayo de 2010

Enciendo el ordenador portátil en el que se basa, lamentablemente, parte de mi existencia: yo contra una pantalla. La pelea menos esperada del siglo XXI. Nadie ha venido a verte, tu carrera como púgil ha terminado. Game over, dice una chica que me trae el finiquito. Abro el sobre y está vacío. Me encojo de hombros: al menos puedo usar el sobre para mandar una carta quejándome por mi falta de público. Pero, ¿a quién iba a mandar tal misiva? ¿Quién es el responsable de este vacío en las gradas, de esta soledad de boxeador onanista, de esta guerra de una persona? Como no me apetece seguir haciéndome preguntas sin respuesta (o acaso con una respuesta aterradora y sencilla: yo mismo), me dispongo con resignación a una última pelea, portátil en ristre. Recorro con la mirada las teclas que tanto me gusta golpear, repaso el espacio que me rodea, este piso de alquiler en el que uno acaba sintiéndose como en casa (supongo que al igual que una tenia se debe sentir como en casa colgando en los intestinos), veo los sillones vacíos, suspiro y empiezo a escribir. Entre línea y línea enciendo un cigarrillo, suspiro humo: definitivamente esta es la pelea más triste de mi vida. Entre línea y línea consulto mi e-mail, voy al frigo y cojo una cerveza. Al primer trago siento que todo esto es asombroso. Bostezo. Soy lo suficientemente aburrido como para aburrirme a mí mismo. Maravillado por mi capacidad superdotada para provocar el bostezo y el hastío, me planteo dejar esto a medias. Suena bien, me digo entre la cerveza y el pitillo, mandar a tomar por culo todo este esfuerzo inútil frente a la pantalla, abandonar en el último asalto saliendo por patas del ring, salir a la calle y poner en práctica mi verdadero don. Esta claro que lo de escribir no es lo mío, así que me decido, cerveza en mano: salgo del piso alquilado para cumplir con lo que me está, por así decirlo, predestinado; salgo con la ilusión apresada, sonriente, por fin voy a hacer algo para lo que valgo, para lo que estoy hecho: voy a dedicarme a aburrir a la gente. Soy consciente, una vez en la acera, de que lo mío no es un talento al uso. Nadie quiere aburrirse, todo el mundo tiene cosas que hacer. Confieso que las perspectivas me desmoralizan: tengo la ley de la oferta y la demanda en mi contra. ¿Cómo puedo lograr que alguien esté interesado en aburrirse soberanamente? Esta cuestión no sólo me plantea problemas logísticos (cómo tener que crear la necesidad del aburrimiento), sino también morales, porque, seamos sinceros, estar aburrido es un estado del alma que no gusta, es más, hoy día se considera como algo pernicioso, no hay más que ver cómo toda la oferta del ocio va dirigida a acabar con el aburrimiento, destruirlo, reducirlo a cenizas, a un mal recuerdo. Todo el mundo busca lo contrario de lo que quiero ofrecer. Así las cosas, ¿cómo puedo legitimar mi actividad, no sólo de manera práctica, sino también ética? No me siento capacitado para hacer creer a cualquiera que se me cruce por la calle que lo que él necesita es estar aburrido. ¿Quién soy yo para dictaminar las necesidades de cada uno? Toda esta reflexión, ciertamente, me desborda y me aniquila, ahí, en la acera, nada más salir del portal. Soy un tipo deshilachado. Tengo un talento al que nadie quiere acceder. Sin embargo, me armo de valor, y pienso que igual que yo quiero provocar aburrimiento, debe haber, aunque sea nimio, un pequeño público deseoso de aburrirse, harto de tanto leer, ver series, películas, conciertos y todo eso. Me acerco a la primera persona que pasa por la calle, una mujer de unos 40 años, y le pregunto con total honestidad si quiere aburrirse. Me mira en silencio como si no hubiera entendido lo que he dicho, así que se lo repito: le pregunto si quiere aburrirse, señora. Turbada, dice algo para que le escuche el cuello de la blusa, algo como que no, que menuda tontería y se aleja de mí a bastante velocidad, como si estuviera trastornado o fuera un delincuente común. Pero no me rindo tan fácilmente, sé que la estadística de los gustos juega en mi contra, así que lo intento con más gente. Los resultados son parecidos. A destacar, un chaval de unos 15 años, que, alejándose en monopatín, me grita: déjame en paz, ¡pringao! O el anciano que obstinadamente repetía que no, que él lo que querría es ir al bar de debajo de su casa, pero que su mujer no le deja, porque dice que cuando bebe se pone insoportable. Estuve a punto de decirle que para eso no le hacía falta beber, lo juro. En fin, después de darme una vuelta y no conseguir más que gestos de sorpresa, me vuelvo abatido a casa. Así las cosas, me dispongo a retomar el último asalto dejado a medias a causa de una enajenación mental transitoria, miro el sobre vacío, el cuarto vacío, recuerdo a la chica diciéndome: game over, pienso en todo el tiempo desperdiciado contra esta pantalla, de nuevo en frente de mí, pienso en el aburrimiento y en las reacciones de la gente a mi pregunta, y así, de pronto, maravillado, me doy cuenta de que en realidad, viendo que todo el mundo huía sorprendido de mi ofrecimiento, mi verdadero talento no consiste en una capacidad innata para aburrir, y por eso salgo corriendo del dichoso piso, porque esta vez me veo capaz de triunfar, porque estoy seguro de que lo que en realidad tengo es un talento natural, intrínseco, para desconcertar al mundo.

Clausurado

martes, 4 de mayo de 2010

Fíjate. Sólo hay que mirarle, con esa facha de tísico, y, a pesar de ello, perenne el cigarrillo colgando del labio inferior, el cigarrillo al borde del suicidio, el hombre al borde del cigarrillo, el hombre que tose y se desinfla a cada esputo, cof, la baba que resbala dudosa una vez que el grueso se ha estampado contra la acera, que no sabe si subir y refugiarse de nuevo en la boca o dejarse llevar gravedad abajo, que dibuja un hombre echado sobre sí mismo, patético, un hombre que se yergue para volver a depositar el filtro en la boca y aspirar, rellenarse de humo, y soltarlo tan cerca de ti, pobrecita, que haces gestos ostentosos como si quisieras abofetear la nube gris, que arrugas la nariz con asco o con resignación, o es acaso un asco resignado, como el del juez que levanta un cadáver, porque a fin de cuentas es su trabajo, y este es tu trabajo, pequeña: mirar a ese hombre lamentable, que se suicida a base de respirar tabaco, elaborar un plan para salvar a este suicida penoso pero a la vez admirable, al ver cómo no cede, cómo no deja de apretar el gatillo una y otra vez, no duda un sólo instante, la pistola contra la sien, ignorando o aparentando ignorar lo que de verdad supone, mirándote con ojos de vaca enamorada, y cómo vas a dejar de mirarlo, si en realidad dan ganas de abrazarlo, es tan frágil, es tan tierno su corazón cicatrizado, su pulmón fibroso, es tan bella la decadencia de su Imperio Romano, de sus ruinas entre la bruma. Adviertes que alrededor de su cuerpillo de homúnculo hay una cinta. Si te acercas, si atraviesas la cortina de humo, la verás mejor.

No es una cinta sin más. Es un cordón policial.

Es un hombre clausurado.

Nena, yo que tú tendría cuidado. No vaya a ser que ahí ya no quede nada que salvar.

El desorden de D.B.

sábado, 1 de mayo de 2010

Hoy, Don Borrón se ha olvidado de que no tiene nada que hacer. Así que se despierta, se pone de pie en medio de su cuarto, y se limita a observar una estancia que contiene (en el más amplio sentido del verbo contener) su desorden, el desorden de D.B., evitando que éste se extienda por debajo del quicio de la puerta, llegue al pasillo, ocupe el salón, las esquinas del baño, y después siga en su avance, rebosando por las ventanas, el desorden como unas cascadas que saltan a la acera, que se cuelan por las alcantarillas, y después se extiende por las estaciones de metro, afecta a la recogida de basuras, a los horarios de los comercios, de los buses, a los relojes, y cada persona llega a horas distintas a su destino, esperan o no, comen a destiempo cantidades al azar, evitando los lugares apropiados o buscándolos sin que estos aparezcan porque no están en su sitio, y el desorden sale a las afueras de la ciudad, trastocando las comunicaciones terrestres y aéreas, las fuentes de abastecimiento energético, molinos de viento en centrales nucleares, cables de la luz mezclados con las líneas de teléfono, gente que muere electrocutada al llamar a sus parientes, las bases militares también se desordenan y empieza un golpe de estado dentro de un trozo del estado, pero no manda quien debería, así que nadie sabe contra quién hay que levantarse, contra quién hay que claudicar o lo que se suponga que haya que hacer, los tanques llegan a la hora que les da la gana y cada uno a lugares distintos, con lo que hay algunos disparos como mucho por casualidad, y la clase dirigente no se entera por culpa del desorden, por lo que en los periódicos, que ya no se sabe de qué día son, no se dice nada al respecto y se habla de cosas que le han sucedido a los respectivos periodistas, titulares como: Última hora. A mi madre hoy se le ha olvidado tomar las pastillas, y la gente se informa de algo que no es importante (como si algo lo fuera antes de todo esto, vaya) o recorta los periódicos y los deja abandonados por las calles, junto a montones de fajos de billetes que ya no tienen valor, debido a la caída del valor del euro, o la caída de los mercados, que ahora no están a la altura, están a ras de suelo, se han vuelto físicos y gravitatorios, y por eso la gente lanza aviones de papel hechos con billetes por las ventanas, mientras alguien llora desesperadamente en una oficina bancaria y las doncellas recogen sus lágrimas en cacerolas de cocina.

Turismo

lunes, 5 de abril de 2010

Labios y lengua versus labios y lengua ajenos, manos bailan sobre cuerpos, dibujan mariposas mutiladas sobre la piel, alas y polvo que resbala con ropa, deslizan y caen, cogen un bus hacia el centro histórico, suaves al suelo, prendas apelotonadas, inútiles resisten las últimas, manos cruzan trincheras a través de los últimos reductos textiles, manos atrapan monumentos en cuerpos contrarios, exprimen objetivos, relojes de arena sin dar la vuelta, pelos de punta, lenguas escapan libres lamen polvo lamen piel lamen crisálidas, paisajes naturales describen torpe trayecto de ida y vuelta, sujetador se rinde, aire sonorizado, castillos de naipes tiemblan, conocer otra ciudad, sudar, sacar fotografías, gemir, un pene eyacula, comprar un souvenir: alguien que me quiere mucho me trajo este texto de León.

Transcripción de un sueño

miércoles, 31 de marzo de 2010

Cuando todo se fue a la mierda nos encontrábamos en una gasolinera. Ya saben, cuando la nada ocupó la ciudad. Como ustedes seguramente sepan, la naturaleza tiene horror al vacío, por lo que la nada no tenía mucho que ver con la ausencia o con la falta de, tampoco era un agujero sin más, era un agujero siempre relleno, relleno de manera aleatoria, de aquello que había desaparecido. Entonces, dirán ustedes, cómo puedes estar tan seguro de que aquello era la nada y no un simple desorden, una trasposición de calles, una ruleta rusa geográfica y nada más. Pues bien, yo lo vi todo: en aquel momento que decidí salir de la gasolinera (que estaba bastante céntrica y tenía un buen restaurante) hacia la calle donde había aparcado el coche (en el que había dejado algo que me parecía importante por aquel entonces), tenía que llegar casi hasta la rotonda, en la calle Tal y Cual, a unos cinco minutos andando de la gasolinera, pero según empecé a alejarme de ella se me desmoronó la visión, apareció el espacio en blanco, la vacuidad más absoluta y un silencio que me destrozaba los oídos, que me decía (¡el silencio!) que corriera de vuelta a la gasolinera. Me costaba respirar aquel terror, los ojos se me volvieron superfluos, giré y eché a correr como pude (porque no es fácil correr sobre algo que ya no existe), y según me acercaba a la gasolinera todo volvía a reconstruirse, los coches, la gente mirando aterrada por las ventanas del restaurante, los gritos, miré hacia atrás y la calle había vuelto, como un espejismo.
Yo estaba empecinado en volver a mi coche, pues aquello que quería recuperar tenía suma importancia, pero la gente se había encerrado en el restaurante de la gasolinera y se negaba a salir, porque vete a saber qué podía suceder, y además aquí tenemos comida, siempre que no se pierda el camión repartidor, unas veces llegaba uno, otras ninguno, y a veces cinco a la vez. Furioso, cogí a alguien que ya no recuerdo, creo que era un amigo mío, por las solapas de la ropa que llevara puesta en ese momento y le convencí para que me acompañara. Se unió más gente, seríamos unos seis. Salimos de la gasolinera y todo se trastornaba, nosotros también. Pongamos que éramos seis, que tres íbamos delante y otros tres iban siguiéndonos, y que las tres ancianas que nos seguían me gritaban que fuéramos más despacio, que nos veían en el cielo, y yo les gritaba que sólo era un espejismo de la nada, que nosotros las veíamos en el suelo, esperamos hasta que al final nos alcanzaron y advertí, sorprendido, que en realidad me seguían cinco ancianas, o acaso éramos todas ancianas, seis reumáticas viejas, doloridas, en una calle de la que no se veía el final, sin mapa, buscando un coche que ya no era mío, que a saber si seguía en para coger cosas que no saber, y nos romper trozos hasta que otra calle soledad, no os conozco, confusión, confusión, olvido.

Ellos nunca lo harían

domingo, 14 de marzo de 2010

Por aquella época no leía: me tragaba los libros. Eso implicaba aceptar la resaca de la lectura, el sabor a celulosa y a tinta pegado en el paladar, el dolor estomacal que no cedía por mucho bicarbonato que uno se tomase, y con ello apareció el mal carácter que se le pone a uno cuando está enfermo, que es como un odio sordo hacia todo aquello que está sano, impoluto, una nausea contra la salud, mi pequeña revolución de leprosería.

Después empecé a vomitar, sólo pensar en literatura me daba arcadas, y el único efecto que se produjo, a fin de cuentas, era un collage con todas aquellas páginas empapadas en jugo gástrico, una suerte de plagio desordenado de todo aquello previamente ingerido. Vomitaba por todas partes. A veces surgía en la ducha, en forma de cuento que salía a borbotones y resbalaba por mi piel hacia el desagüe, y yo lo recogía, lo abrazaba contra mi pecho, lo secaba y le ponía un título. Seguidamente lo exhibía entre mis amistades y familiares (los cuales lo miraban con una mezcla de asombro y espanto), lo sacaba de paseo, con la correa bien atada entre párrafo y párrafo. Los demás dueños de cuentos nos miraban con desprecio, decían: vaya ejemplar más pretencioso, y se dedicaban a ignorarme, me decían con sorna que lo presentara a concurso. Pero yo me negaba, les explicaba, quizás por excusa para no parecer un miedica, que nunca he creído en la belleza facticia de los concursos de cuentos, en el peinado meticuloso del cuento, en echarle el perfume adecuado, en hacer que sortee los obstáculos con elegancia. Yo no modificaba mis cuentos, según salían, así los dejaba: monstruosos, deformes, abigarrados. En verdad, ¿quién era yo para modificar lo que salía de mis intestinos? Así que, en parte porque era consciente de las taras de mi producción biliar, me limitaba a recogerlos y a amontonarlos, de manera un tanto anárquica, y les quitaba el polvo y les daba de comer. De esa manera logré juntar suficientes como para hacer un volumen, un museo de los horrores lo suficientemente grande como para encuadernarlo y abandonarlo en cualquier estantería ajena. Cogí el coche y, en el baño de una gasolinera de las afueras, los dejé a la buena de Dios.

Ese fue el primero de una lista de abandonos que se hace cada vez más grande. Pero ahora sé que los cuentos abandonados aullan por la noche, o acaso sueño yo que aullan, y el caso es que me despierto y acabo mirando por la ventana preocupado, ojeroso. De esta guisa pienso en recuperarlos y pedirles disculpas personalmente. Pienso en las decenas, cientos de obras cabreadas que he ido abandonando con el paso del tiempo en los rincones más recónditos y tenebrosos: novelas inacabadas enterradas en medio de la pila de originales de un editor demasiado ocupado, impresos y fotocopias de hojas sueltas, de poemas, ensayos sobre la metafísica occidental, cartas de amor en el cajón de alguna chica desafortunada, cartas al director en el contenedor de reciclaje, frases ingeniosas dentro de aviones de papel que reposan en el suelo de una cafetería, aviones que alguien recoge y que, por curiosidad, o no se sabe bien por qué, ese alguien deshace en sus pliegues básicos, estira y después lee, lee aterrorizado, justo antes de gritar.

Sobre el método inductivo

martes, 9 de marzo de 2010

Al principio yo sólo sabía que el mundo era líquido. Un flotar en la oscuridad y agua, agua salada o dulce, agua como un mar, agua en los pulmones, empapando cada milímetro, ahogando y siendo la única posibilidad, el non plus ultra rígido de estas paredes y este cubículo, mi zulo, el mundo, y no era la falta de luz o la falta de aire, porque no eran opciones a tener en cuenta, era la presencia de fluidos acuosos, vastísimos, allá donde fuera, imposible separarse uno de ellos, era la presencia de oscuridad, la ignorancia de la luz. Luego todo se precipitó y se me presentó el mundo violento, el mundo de la interacción, del aire invadiendo y extirpando todo líquido de mis pulmones, reduciéndolo a la mínima expresión, acorralándolo, y la luz, la puta luz, prendiendo las retinas como pólvora, y el mundo fue paredes blancas, espacios más grandes, barrotes de cuna, caras que se abalanzan sobre ti, dedos que te roban la nariz, el mundo es miedo y ahora no reconozco la oscuridad, sólo es un borrón negro que no es amigo, ahora el agua ha pasado a ser algo meramente restringido a los biberones, los vasos, recipientes que la contienen y retienen, la bañera me pone melancólico y juego a ahogarme y salpico a Eva y a Adán, salpico a toda la creación divina y a los azulejos del baño como un animal liberado, y el mundo parece agrandarse, se expande a la luz del sol y al son del cochecito que rueda sobre las aceras y yo ya no comprendo nada. Después corro por el parque, me lleno las manos de arena, me lleno la boca de arena y toso arena y echo de menos el agua del amnios, mientras me aprendo que el mundo también es egoísmo e insultos, yo voy primero, tonto, raspones en las rodillas, esclavitud de pupitre, horarios, deberes, vacaciones aburridas y fiestas de cumpleaños con coca-cola sin cafeína. Aprendo lo que es estar enfermo, tener dolor, tener fiebre, me aprendo que soy vulnerable, que todo el mundo es vulnerable, aprendo que un abuelo puede morir, aprendo la muerte, aprendo el miedo a morir. Aprendo pero sigo sin entender. Así que me limito a expandir las fronteras del mundo, calles, ciudad, provincia, país, continente, agua salada alrededor, universo. Eso lo saco de un libro, porque nunca he visto el universo. La verdad me da igual: ahora sé que puedo opinar de lo que sea sin haberlo visto. Hablo de Jesucristo mientras me salen granos y sufro la adolescencia. Hablo de penes y de tetas. El mundo me abre nuevas posibilidades exploratorias en mi propio cuerpo, me abre los diques, los poros y los folículos. Y yo me mantengo en mi esclavitud de horarios y deberes, rutina, pero sabiendo que en cualquier momento puede estallar: he visto a compañeros de clase hundirse en el lodo de la desidia. Al tiempo descubro las barras de bar, el mundo ahora también existe de noche, sobre todo de noche, los vómitos inducidos, la sensación de inestabilidad, el mundo puede pasar a ser un lugar tembloroso con sólo ingerir una copa de más, las posibilidades de realidades alternativas se expanden, libros, cine, alcohol: la visión se convierte en algo primordial, las gafas se hacen perennes sobre la nariz, los errores toman constancia en el tiempo: el mundo se convierte en una mierda en todas sus versiones, la vida no vale la pena, que os den por culo a todos, me odio a mí mismo. Entonces el mundo era una enorme resaca, de la cual desperté ya licenciado, buscando trabajo, prostituyéndome por sobrevivir, el mundo es dinero, hipotecas, crisis económica, crisis sentimental, ciclos, el mundo es un cuadro abstracto, una gráfica del IBEX 35, el mundo es Darwin diciéndome que acabe con todos, que tengo que ser el ejemplar superior, que tengo que procrear, casarme, divorciarme, casarme con otra, dejar progenie, amamantarlos con dinero, enseñarles lo que en realidad es el mundo, recordar que me muero, ver cómo los demás se mueren, acortar el tamaño de las calles, dejar los desplazamientos largos para los más jóvenes, yo con ir a la panadería me basta, me duelen las articulaciones, un bastón, otro, una silla de ruedas, el mundo se reduce, se acorta a una cama, unas sábanas, paredes blancas, barrotes de cuna, pañales, una gráfica de electrocardiograma, y vuelve la oscuridad, es un cubículo, un zulo hecho de madera, y tierra sobre ella, mucha tierra sobre ella.

El axioma del gusano

jueves, 25 de febrero de 2010

Unas veces uno tiene que establecerse para poder observar todo con la perspectiva que otorga el punto fijo, seguir las coordenadas y juzgar si algo está cerca o está lejos, con el fin de que haya cierta estabilidad, cierta coherencia en el monólogo. Plantar la bandera y decir: esta es la capital, mi capital. Todo lo que se aleje no me pertenece. Construir todo desde este axioma.
Pero otras veces uno tiene que desubicarse, hay que ponerse en movimiento y perder la perspectiva, ser humo, riadas, un ciclón que barre un hemisferio, y así empezar a hablar como un niño pequeño, tener miedo como un niño pequeño: mamá, algo puede suceder, algo puede decapitarnos, algo puede destruirnos, sí, algo, pero, ¿el qué? No hay respuesta ahora que estamos en medio de este cambio relativista, todo se agita y se corre el riesgo de marearse y vomitar. Bien, pues, en ese caso, ¡vomitemos! Ahora que hemos perdido la capital, un renacimiento se avecina. Estamos en medio de una revolución como un suicidio, lo cual, al fin y al cabo, es en lo que consisten las revoluciones de una sola persona: en suicidarse. Yo, tú y el cambio, la metamorfosis, una bandera dentro de una crisálida, adiós a la vieja perspectiva, la mecánica relativista acepta que yo te vea más cerca porque tú te mueves, aunque en realidad el que se mueve soy yo, o somos los dos, al encuentro de un nuevo eje de coordenadas, uno que parta de todos aquellos puntos en los que nos encontramos, que contactamos, que se superponen, x y z, la fuerza del rozamiento, una nueva teoría cuántica. La pupa en la que nos hemos encerrado. La pupa en donde muere el gusano de seda. Nuestra crisálida. El lugar del que, aunque todos lo den por supuesto, nadie ha dicho que vaya a salir una mariposa.

Herencia

martes, 23 de febrero de 2010

Habían pasado muchos años desde la última vez que cogí prestado un libro en la biblioteca, por lo que tuve que renovar mi carné y estuve un buen rato perdido por sus estanterías hasta que logré localizar la sección de novela. Se me había acabado la herencia que me dejó mi padre al fallecer y ya no podía seguir degustando libros a golpe de cartera, asaltando librerías, una tras otra, billetes, monedas, tarjetas de crédito desfilaban rápido por entre los dedos y yo volvía a casa con nuevas capturas, libros recién editados, estrenos, reediciones de clásicos, todo aquello bien brillante, todo aquel síndrome de Diógenes literario que estaba a punto de sepultarme bajo toneladas de papel impreso. Pero sólo estuvo a punto. Hasta que se me acabó la guita.

Y ahí estaba yo, me había decidido por un ejemplar de Proust no muy maltratado por el manoseo público y el paso de los años, y avanzaba triunfante hacia el mostrador. Dejé el libro en la mesa, enseñé mi carné nuevo y el tipo que me atendió frunció el ceño mirando la pantalla del ordenador:
—Tiene una multa de varios años hasta que no devuelva el libro que tiene en préstamo.
—¿Perdón? Eso es imposible.
—Aquí figura que heredó un préstamo de su padre a causa de su fallecimiento.
—¿Cómo? —noticias nuevas.
—Su padre tenía en su haber un libro de esta biblioteca en el momento de su muerte, por lo que usted heredó, como primogénito todavía vivo, el préstamo y lo que ello conlleva.
—Pero, entonces, eso pasó hace seis años y pico...
—Por eso tiene una multa de dimensiones extraordinarias y no puedo permitirle llevarse ese libro hasta que devuelva el que su padre cogió.
—Pero si no sé dónde está ese libro, ¡ni siquiera sé qué libro es!
—Es una edición antigua de Alicia en el país de las maravillas —me contestó mirando a la pantalla.
Suspiré. Dejé a Proust en la mesa de la entrada y me fui de allí mascullando qué sé yo: tenía ganas de matar a mi padre, lo cual era, por otro lado, imposible.

Al día siguiente fui a ver a mi madre. La pobre no está muy bien de la vista y cuando aparecí por casa (tengo una copia de las llaves de su casa, por si algún día le pasara algo), levantó el bastón contra mí y gritó que me fuera antes de que llamara a la policía. Soy yo, mamá. Oh, perdona, no te había reconocido con ese abrigo, no es el de siempre. Sí que lo es, mamá.

Mi madre no tenía ni idea de lo del libro pero me dejó buscar a placer por todo el piso. Mientras repasaba una estantería en la que no había más que enciclopedias y atlas me paré a pensar en que la herencia de mi padre me permitió comprar todos los libros que quise durante seis años pero, paradójicamente, me iba a impedir sacar ni un solo libro de la biblioteca. En cierto momento se me cayó un trofeo, que estaba hábilmente puesto delante de una biografía de Juan Carlos I, sobre el pie. Mientras me cagaba en la puta de oros y me agachaba para recoger aquello (el trofeo y los trozos que quedaran de mi pie dolorido), mi mirada pasó por una hoja que sobresalía entre dos novelas policíacas de poca monta. Era un sobre que ponía, sorprendentemente: Para Mi Nombre. Cuando digo Mi Nombre me refiero a que estaba escrito mi nombre, pero por razones de privacidad prefiero omitirlo de mi relato, que, a fin de cuentas, es lo que importa. Lo abrí y allí, en aquella vieja conocida caligrafía paterna, se me decía, entre otras cosas, que a buenas horas mangas verdes, que si quería conseguir el libro él había mandado que lo enterrasen con él, que parece mentira que yo sea su hijo y que no me haya dado cuenta de que antes de cerrar el ataúd estaba el libro con él y después se despedía mofándose un poco más de mí. El muy cabrón parece que hubiera escrito eso después de morir.

Me despedí de mi madre, no sin antes coger un trozo del pastel que tenía en el frigo, y, mientras volvía a mi casa, me preguntaba no sólo qué clase de maquiavélica mente tenía mi padre sino también si realmente cogía libros en la biblioteca, no ya para leerlos, sino, simple y llanamente, para joderme, sólo para joderme.

Comprobé su última voluntad y, efectivamente, allí figuraba que quería ser enterrado con aquel libro que estuviera leyendo en ese momento. Por supuesto, mi madre no se acordaría, la pobre, pero ya me lo imagino yo: en su mesilla de noche tendría prudentemente siempre un libro de la biblioteca, como si lo estuviera viendo. Bueno, si quería jugar a esto, jugaremos, dije en voz alta.

Así que aquí estoy, colándome a hurtadillas esta noche en el mausoleo familiar, como un ratero de mala muerte, como una miserable rata, avanzo entre las lápidas del cementerio con un pico y una pala, como un puto necrofílico, joder, qué asco, abro la puerta del mausoleo y pienso en que podría ser una gran broma, que puede haber un montón de gente esperándome para decirme que es una cámara oculta, una fiesta sorpresa, que ahí detrás puede estar mi padre fumando un cigarrillo con toda la calma del mundo, sentado encima de su propia tumba dispuesto a echarse a reír, a mearse de risa sobre su propia tumba al verme entrar como un minero acojonado en busca de un libro de mierda, pero entro y no hay más que frío y silencio, y ahí está la lápida: Su Nombre y Apellidos (Año De Nacimiento - Año De Defunción). No cabe duda, es mi padre o lo que queda de él lo que está ahí dentro y empiezo a picar, me tiro un buen rato, no sé cuánto, no llevo reloj, hasta que veo el inicio del ataúd, su madera, ya agrietada y que no tiene nada que ver con aquel día del funeral, el olor es pestilente, huele a cerrado y a podredumbre, pero lo soporto y meto la mano, y allí, entre restos de carne digerida, algún nematodo que se desliza, o un hueso que se dibuja a través de la tela del traje, encuentro algo que parece un libro, que puede ser un libro al tacto, y estiro el brazo todo lo que puedo, y logro sacarlo. En la primera página, a mano, está escrito: para que reconstruyas mi ataúd, pedazo de idiota. No es Alicia en el país de las maravillas. Es un libro sobre ebanistería.

Agnosticismo

Todo el mundo se soprendió al descubrir que en la caja de Schrödinger no había ningún gato encerrado: lo que estaba dentro de la caja era Dios.

Extinción

domingo, 21 de febrero de 2010

El 28 de diciembre yo estaba fumando en la puerta del hospital porque había ido a ver qué tal estaba Miguel después de su intervención de la hernia. El tipo que estaba a mi lado, traje gris, corbata roja, tiró al suelo con rabia su mechero de color azul y me dijo: perdona, ¿tienes fuego? Es que se me acaba de terminar mi mechero. Yo saqué el que llevaba en ese momento, un mechero de publicidad de un bareto de mala muerte, se lo tendí y él intentó encenderlo pero me dijo que tampoco iba, que muchas gracias, que ya se lo pediría a otro. Pero a ninguno de los que estábamos allí nos funcionó el mechero desde ese momento. Así que el tipo tuvo que encender el cigarrillo con la brasa de un congénere cancerígeno ajeno. No le dí la menor importancia a aquello y me fui a casa, sabiendo que Miguel evolucionaba favorablemente y todo eso. Al llegar a casa encendí el televisor e interrumpieron la emisión de un programa de la prensa rosa para dar pase a un avance informativo. Un extraño fenómeno ha empezado a acontecer por todo el mundo, dijo la presentadora, al parecer los mecheros se han extinguido. Por si acaso se trataba de una inocentada, cogí el mechero que tenía de repuesto en la cocina y era cierto: tampoco funcionaba, unas chispas que acababan en nada. Volví a la televisión: de causas desconocidas por el momento, les mantendremos informados. Apagué la tele, salí a la calle hacia el estanco. La gente se agolpaba gritando por un mechero, sólo un mechero, que funcionara. El estanquero mandaba mantener la calma mientras un grupo de chicos se pasaban un cigarrillo encendido para poder mantener el hábito tabáquico a pesar de la bancarrota mecheril. Alguien empezó a tirar piedras, y otros respondieron, unos cuantos coches acabaron destrozados a pedradas. Me fui de allí antes de que alguien me abriera la cabeza para cachearme en busca de un mechero que funcionase. Por el camino me encontré con Susana, que estaba radiante de felicidad. ¿Te has enterado?, me dijo, con esto seguro que se os acaba la tontería esa de fumar. Un tipo cabreado, que pasaba a su lado, empezó a gritarla, le dijo: puta talibán de los cojones. Yo la agarré del brazo antes de que la cosa se pusiera (aún más) fea y nos fuimos de allí, a mi casa. Encendí el televisor de nuevo, el rey estaba llamando a la calma al pueblo, asegurando que la situación se arreglaría en poco tiempo. Luego la señal de la antena se cortó y empecé a escuchar gritos por la ventana. Susana ya no parecía estar tan contenta. Cuando la señal de la tele volvió, apareció el presidente de un club de fumadores, o algo así, asegurando que como la situación se mantuviera no tendría más remedio que declarar la guerra civil. ¿Contra quién?, pensé yo. Susana me dijo: estoy asustada. Y no era para menos, tras la extinción de los mecheros se avecinaba la cruzada por el tabaco. Miles de muertos por el camino. Millones de heridos. Y el mundo entero al borde del apocalipsis.

Pero yo todavía no entiendo por qué coño nadie se acordó de las cerillas.

Guerra postal

sábado, 6 de febrero de 2010

Cualquier día puedo abrir el buzón de mi casa para comprobar que siguen llegando los recibos y faltando las cartas de amor y recibir tu declaración de guerra. Eso convierte algo tan aburrido y rutinario como el hecho de girar una llave en su cerradura, una llave ridícula por lo demás, en un acto peligroso, tan peligroso que se puede pronunciar silabeando: pe-li-gro-so. Debajo de la factura de la luz y de un panfleto publicitario, aparecerá un paquete manuscrito con mi nombre y dirección, un par de sellos ordinarios disfrazando algo que se encuentra totalmente fuera del status quo de mi buzón. Por si acaso, ya he empezado a entrenar a mi ejército de neuronas. Las tengo estudiando todos los insultos que existen en el idioma español. Después irán los demás idiomas. Cuando tenga en mis manos la lista definitiva, la encerraré en un sobre que te enviaré, con el objetivo de formalizar nuestras posturas, así, con la boca bien abierta y vociferando, perros de presa por correo. Luego vendrán las cartas-bomba, las esporas de Bacillus anthracis, las portadas en los periódicos, los daños colaterales, las trincheras y el teléfono rojo, con el que te llamaré para quedar a tomar café y solucionar todo este entuerto, pero ya sé que te negarás, porque siempre fuiste más de relaciones a distancia.
Aunque, si te digo la verdad, a mí esto de invadirte desde casa también me parece más cómodo.

Los límites de mi mundo

sábado, 30 de enero de 2010

Alguien mira hacia abajo y tiene vértigo. Ese alguien ha aparecido (sí, así, por casualidad) en la cima de una montaña de palabras. Hunde la mano en la maraña de letras y agarra una palabra al azar, que desenreda de una locución preposicional, tira de ella y la arranca. La observa con atención, y la lee en voz alta: "problemas". Como le parece excesivo tanto plural, decide comerse la ese. La vuelve a leer: "problema". No le acaba de convencer, así que la golpea contra el suelo de palabras sobre el que está hasta que se parte y lee: "lema". Pronto se aburre de ella, ya que sospecha que esas cuatro letras no van a dar mucho más de sí, así que la deja caer en un punto indeterminado del diccionario caótico que late bajo sus pies. Observa y ve cómo las letras se rompen al chocar y se separan, se mezclan con el magma léxico hasta que es imposible seguirles la pista. Uno puede imaginarse el fluir de pensamientos ahí abajo, la posibilidad infinita, combinados imposibles, tres adjetivos del tirón, sin comas que valgan, enigmático otoñal caliente, surgen de golpe en una erupción inesperada, se elevan unos segundos en el aire, lo suficiente como para que surjan preguntas, de dónde vienen, a dónde van, por qué es así. Ese alguien (¿quizás soy yo mismo?) decide bajar la montaña, se agarra a un verbo (deslizar) y a un sustantivo (trineo), aún a sabiendas de que puede tropezarse con alguna palabra que le haga descarrilar, porque aquí las erupciones son imprevisibles, y baja a toda velocidad hasta que se come unos puntos suspensivos...
y salta de párrafo
y salta otra vez
hasta caer sobre un montón de signos de interrogación que se le clavan y le llenan el cuerpo de dudas. El tipo intenta quitárselas de encima desesperadamente, busca las respuestas hurgando entre el lío de letras pero no encuentra las palabras, sólo ideas inefables y totalmente inapropiadas para las preguntas que tiene atravesadas. Nota la sangre resbalar por la grafía de las interrogaciones, la siente gotear entre los espacios en blanco, ahora rojos, mientras saca puñados de palabras y las escudriña buscando algo, lo que sea, que pueda servirle. Entonces la ve de nuevo, entre todas, la primera palabra que agarró y desechó, la coge con la punta de los dedos y comprueba que se le han pegado dos letras. Lee: "dilema". Ahora sí que ese alguien (creo que puedo ser yo) se ha cabreado, joder, encima recochineo. Puñeteras palabritas. Lanza lejos de sí la dichosa palabra, y se rinde. Se tumba, o, mejor dicho, me tumbo (definitivamente soy yo), herido de muerte, sobre el suelo de frases que discurren a su antojo, sobre las palabras con las que he erigido todo esto, los textos que he escrito, admitiendo el déficit de respuestas, y me admiro de esta inmensa pérdida de tiempo que he creado y que es mi obra, la obra en la que ahora me siento hundirme, como si fuera mi propia tumba.

Patata

Es una foto con temporizador. Sujeto su hombro con mi mano mientras sonrío. Acepto que ella también sonríe. Comprobarlo equivaldría a arriesgarme a salir de perfil en la foto, ella sonriendo y yo mirándola como si fuera Fleming viendo la sonrisa de la penicilina por curiosidad, sólo por curiosidad. Así que me mantengo en la pose, facticio desde que el piloto rojo empezó a parpadear. Me mantengo aunque sé que podría cambiar el destino de la imagen, con sólo deslizar mi mano desde su hombro hacia su nuca y empujarla en un giro circular y natural hacia mi cabeza, podría hacerlo a pesar de que la foto salga antes de tiempo y ella me mire con ojos asustadizos, ella: un ciervo sorprendido por una bala de cazador, por un beso de cazador, y entonces sería la foto de ella mirándome como quien mira a un monstruo que abre las fauces (no la boca, las fauces), para devorarla el segundo después, y después, como buen monstruo, también me comería la cámara y no habría prueba del delito. Pero, ¿y si lo hago y la foto salta después del beso? En ese caso apareceríamos los dos como recién levantados, mirando la cara del otro sin ver, repasando con la lengua si hay algo entre los dientes. Con la cara del sueño. Pero también podría suceder que ella me rechazara, y sería una foto cruel, seca, dura, con sus manos apretándome el pecho y separándome, yo todavía adelantando la cabeza hacia ella, el cuello uniendo a su manera el cuerpo que cae y la cabeza, que sigue a lo suyo. De momento no he hecho nada y está acabando la cuenta atrás, será la foto perfecta de una representación teatral. Como para un anuncio de dentífrico. En fin, ya no puedo evitarlo, así que me dejo llevar y digo, pronuncio, en todo su esplendor: ¡patata! Salta el flash. Y ella sale tan sonriente como se esperaba. Y yo salgo con la boca abierta y las amígdalas al aire, un tanto ridículo, con una enorme A atrapada en mi mandíbula.

Goebbels

sábado, 23 de enero de 2010

El amor es propaganda. Nosotros somos los productos y nuestros besos son intervalos publicitarios.
Si te repito mil veces que te quiero acabará por ser verdad. Una verdad cruda, creada sólo para ti a partir de la reiteración: te quiero, te quiero, te quiero.
Te quiero (admirar).
Creemos al otro cuando nos enseñamos las ofertas, los dos desnudos y frágiles (porque todo el mundo es frágil cuando se desnuda), y entonces nos mostramos los defectos de fábrica sin pudor, sin trampa ni cartón.
Te quiero (comprar).
El pecado se llama avaricia. El objeto eres tú, y viceversa. Por eso puedo decirte: eres mi chica. Por eso soy tu chico. Y yo no me doy cuenta del egoísmo que esconde todo esto, de que todo amor es el disfraz de la voracidad por poseer. No me doy cuenta hasta que es demasiado tarde y ya estamos abrazados.
Te quiero (desgastar).
Estamos condenados al consumismo. A usarnos hasta acabar en la basura. Hasta matarnos en un búnker.
El amor es un suicidio compartido. Quizás también sea una mentira.
Pero es mi mentira favorita.

Desalmado

domingo, 17 de enero de 2010

Acudí al confesionario y acabaron biopsiándome el alma.
Parece ser que vieron el trocito al microscopio. Después me dijeron que no le quedaba mucho.
Que la única opción era paliativa.
Pero yo me negué y opté por el dolor. Por la necrosis del ectoplasma. Por la putrefacción espiritual.
Opté por lo más difícil, lo cual por una vez consistía en no hacer nada y asistir impasible a la degeneración.
Ni siquiera me tapé la nariz.
A los pocos días, una mañana después de un apretón gastrointestinal, vi sus últimos restos flotando entre las heces.
Me quedé mirándola como quien mira algo echado a perder. Dudé qué hacer.

Al final, tirar de la cadena fue la mejor manera que encontré de apostatar.

Breve cronología ideológica

domingo, 3 de enero de 2010

Cuando era niño era apolítico, luego fui ateo y me hice anarquista, después me hice comunista trotskista, después nihilista y, después de todo aquello, te besé en una parada de metro.

Usar y tirar

viernes, 1 de enero de 2010

Cojan el 2009 y arrúguenlo hasta hacer una pelota con él. Arrójenla lejos del escritorio. Un magma de papeles arrugados, desechados, olvidados en el suelo, en torno a la mesa de trabajo. Mucho papel y pocas musas. Mucho tiempo tirado a la basura. Mucho ruido y pocas nueces. Los cementerios siempre funcionan. Pongan una etiqueta al 2009 y llévenlo al depósito de cadáveres. Etiquetado y envasado por convención social. Todos los derechos reservados. El 2009 no existe, nosotros lo hemos creado, nosotros lo hemos vivido, lo hemos matado y olvidado, nosotros lo hemos impreso en los libros de Historia para poder recordarlo. No existe. Pero al menos funciona si crees en ello. El calendario es un placebo. Es algo como: se nos ha agotado el tiempo 100% puro, señor. No importa, dame un año adulterado. ¿Lo quiere bisiesto? No hace falta, pero me gustaría que acabe en cero. Como desee. Es una alucinación colectiva, una alucinación hecha de campanadas y alcohol, de deseos imprecisos sobre felicidad y prosperidad, pero en realidad no sucede nada, todo sigue igual, el tiempo avanza como un tanque, imparable, y alguien se gira en el escritorio, mira los mil y pico cadáveres putrefactos que se arremolinan en el suelo, que tiemblan en el suelo, que viven en las bibliotecas, en las hemerotecas y el papel de los periódicos se va haciendo cada vez más amarillo, pasan los días por encima de él, y no es la fecha impresa en portada, no es el año nuevo, no es el nacimiento de un 2010 de plástico, no es eso lo que nos confirma el paso del tiempo. Es el color amarillento, es el olor a polvo, es el silencio de una casa abandonada.

Porque el tiempo sólo es una forma de muerte.

 
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